Intelecto Opuesto

Michoacán y el Estado de derecho

Tenías que ser chilango, nunca respetan la ley, mucho menos a su madre… fueron las palabras con las que me recibió por ahí de 1996 un taxista de Uruapan, en Michoacán, quien se ofendió porque le pedí que me llevara a unas carnitas en plenos días de Semana Santa.

Eran mis primeras vacaciones de adolescente en las que viajé sin la supervisión de mis padres y, junto a mi primo, decidimos darnos un buen tour por la entidad michoacana.

Visitamos Taretan y poblados camino a Nueva Italia, quizá llegamos hasta Apatzingán pero mi inexperiencia en viajes de carretera me impidió darme cuenta de la geografía de aquel entonces.

Sorprendido por el panorama desolador de días de asueto en provincia, no nos quedó más que refugiarnos en las calles de Uruapan y rentar una motoneta, vehículo que ya era famoso por aquellas zonas por su fácil transportación de un sitio a otro, sobre todo entre comunidades.

De la gente recuerdo orden, temperamento para decir y hacer lo que pensaban en el momento que se les presentaba la ocasión; del lugar recuerdo su calma. Sin temor a que dos menores de edad se pasearan como perfectos desconocidos por la ciudad, entramos y salimos como si todo fuera perfecto.

Años más tarde volví a Michoacán pero a la capital, Morelia, en donde a paseo de turista recorrí desde la zonas urbanas más marginadas, hasta los lugares más exclusivos como el Club de Golf Tres Marías; era la mitad de la década pasada y aunque ya se comenzaba a usar el término narcotráfico y crimen organizado, era más común temerle aun cholo que a un supuesto civil armado.

No había retenes ni a la entrada ni a la salida de Morelia e incluso, era más frustrante tener que formarse en la fila de entrada para Atlacomulco, Estado de México -camino a Michoacán- que el hecho de llegar a la antigua Valladolid.

En la capital moreliana ya se hablaba de La Familia, de sus andanzas por tierra caliente y de la gente que iba al otro lado a trabajar y a llevar cosas. Pocos comentarios relativos a la guerra que estaría por comenzar un año después el ex presidente Felipe Calderón en su entidad natal.

A más de 7 años de esa afrenta, Michoacán no es ni el más mínimo de los buenos recuerdos de las vacaciones, de las cenas con plato purépecha y postre regional; de las noches con aire fresco y ganas de salir a reventar.

Y no es la gente, no son las sospechosas autodefensas, ni los soldados ajenos a todo en este país. Son los propios gobiernos, pasados y presente, los que han llevado a toda esa zona a estar como está.

No todo ha sido perdido en Michoacán, quizá lo único y más importante, además de la falta de Estado de derecho, son los anhelos de chicos y jóvenes que ven su futuro diluirse en la sangre de sus paisanos y que poco o nada pueden hacer ante un sistema que los asfixia hasta el límite de los horizontes del bien y el mal. ¿Se puede hacer algo? Claro. Empezar a creer que sí es un buen principio.

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