Intelecto Opuesto

Confianza en el Ejército

Ayer el Presidente Enrique Peña Nieto señaló que la honorabilidad de las fuerzas armadas en México está por encima de cualquier sospecha, pues durante los últimos meses se ha afirmado que la milicia participó en la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, así como en la matanza de más de 20 personas en Tlatlaya, Estado de México, en agosto pasado.

Dos eventos que han marcado la vida castrense en menos de un año en el país, más el contexto del sexenio pasado de Felipe Calderón en donde el Ejército estuvo envuelto en una lucha directa en contra del crimen organizado en todo el país, en donde también se vieron en diversas acusaciones de violaciones a derechos humanos, muerte de civiles inocentes y en el peor de los casos de trabajar para la delincuencia.

Muchos de los señalamientos nunca fueron confirmados en su totalidad, pero el daño quedó plasmado. La reputación del Ejército, al menos para buena parte de la población en el país no es la mejor de un tiempo a la fecha, por lo que la estrategia del gobierno federal parece ir encaminada a darles ese voto de confianza, ese espaldarazo que refleje lo que requieren quienes ostentan el uniforme militar y de las fuerzas armadas, la confianza plena.

Muchas veces me he cuestionado sobre cómo es la conducta que los militares aplican para su formación y su uso en la vida profesional y en el desarrollo de sus carreras. ¿Es realmente el Ejército ese cuerpo de seguridad nacional confiable al 100 por ciento y que ciegamente nos cuida y busca preservar y garantizar nuestra seguridad y la de nuestras familias?

¿Es el Ejército solo un grupo de resguardo del patrimonio nacional que únicamente responde a los lineamientos del gobierno federal en turno?

La respuesta no parece ser la que el ciudadano común pueda entender o comprender, pues la mística militar conlleva desde códigos de honor y lealtad a la patria que para muchos son pensamientos inocuos que solo forman parte del civismo que se nos enseña en la escuela.

Es por ello que quizá no los entendemos, pero lo que sí podemos distinguir es entre lo bueno y lo malo, y cuando a la población se le vulnera, se le atemoriza, se le mantiene en un estado permanente de violación a sus derechos y libertades a causa de la presencia militar en pueblos y comunidades, en ciudades y municipios, algo raro está pasando.

También es evidente que hay una cultura de poco respeto a la autoridad en México y eso genera que cualquier intromisión en nuestro andar, en retenes, en preguntas, en prácticamente todo, nos parezca ofensivo y violatorio de los derechos humanos. Incluso, nos ofende cuando un convoy militar nos llega a marcar el alto. ¿Por qué me detienen, yo no hice nada?

La relación pueblo-Ejército debe mejorar indudablemente si se busca tener un país con una cultura de la legalidad, y sobre todo si se pretende cambiar la mentalidad que hoy nos gobierna.

eduardogonzalez.lopez@milenio.com

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