En sintonía

El silencio del temor y de la impunidad

Cuando nos enteramos de un nuevo caso en que un empleado magisterial comete un abuso en agravio de un menor de edad, despierta en cualquiera, supongo, una rabia especial puesto que se trata de una revelación no intencionada que estos casos suceden con más recurrencia de lo que podríamos imaginar. 

Eso es lo más preocupante, porque representan apenas un marginal porcentaje de los que en realidad deben estar ocurriendo.

Muchos de ellos permanecen sólo entre quienes sufren estas vejaciones y de los que son testigo de ellos, niños que ante la amenaza implícita -en ambos casos- deben permanecer en silencio, como si nada pasara.

Eso nos hacen pensar.

La deficiente formación de algunos que desempeñan la labor de un maestro, que lejos están de serlo, propicia que sigan existiendo frente a grupo uno que otro de estos tiranos que a la fuerza pretenden establecer un orden que no son capaces de lograr con métodos pedagógicos que tampoco deben conocer a pesar de haber asistido a una escuela formativa, y sólo eso, asistido.

La situación no sería tan cuestionada si los castigos fueran más allá de simples regaños, o sanciones administrativas como les llaman en el magisterio, que buenos, malos o regulares, siempre actúa en defensa de los derechos de sus empleados, incluidos esos que aplastan los propios de sus alumnos.

A esto habría que añadir el disimulo con el que actúan autoridades responsables de regular desde un plano neutral la labor de quienes, además tendríamos que decirlo, son cobijados para bien y para mal por su sindicato, cuyos vicios son tan afines a otros gremios que defienden a muerte hasta lo indefendible.

La ausencia de acciones inmediatas, de la instancia que sea, ante tan evidentes abusos contra la niñez, raya en lo inmoral. Mediáticamente manejan supuestas investigaciones aunque en la realidad nada o poco de eso sucede, simplemente es, como se dice, una tomada de pelo en espera que el hecho se enfríe, se olvide.

Los padres de familia deben ser más instintivos para detectar todos aquellos maltratos que se esconden, que por temor o vergüenza sus propios hijos puedan estarse callando.

Sólo ellos pueden dejar al descubierto a todos esos empleados magisteriales que llevan sus penas y frustraciones a su trabajo, a lo que podría haber sido su vocación y no un vehículo para subsistir desde el plano económico. 

Sus comentarios los recibo con gusto en mi dirección electrónica eduardo.arias@milenio.com y en Twitter @EduardoAriasTVHasta la próxima.