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El poder de la palabra y los discursos de la destrucción

Fernando Savater en una de sus tantas grandes obras literarias escribe: Estar en el mundo es estar entre humanos, vivir para lo bueno y para lo menos bueno, para lo malo también, todo esto siempre viviendo en Sociedad. La sociedad nos mueve, nos excita, nos estimula y nos detiene. Nos permite conocer, aprender y sobre todo convivir; noticias, chismes, chistes, imágenes, estímulos, en fin vivir en sociedad y convivir dentro de ella, es lo que nos permite ser humanos. La sociedad nuevamente dice Savater nos sirve pero también hay que servirla: “La sociedad está a mi servicio, pero sólo en la medida en que yo me resigne a ponerme al suyo; vivir para servir, y servir para vivir”.

Ahora bien para poder hacer sociedad necesitamos de algo tan simple pero a la vez tan fundamental, la “palabra”.

Aristóteles, en su gran obra “la política”, dice: la voz es una indicación del dolor y del placer; la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto, dicho de otra forma la palabra puede construir pero también puede destruir. Un ciudadano respetable y honorable es aquel que utiliza la palabra para construir ideas y cambiar a través de ella realidades.

Pero lo que pasa cuando la palabra se utiliza para destruir, fragmentar o perjudicar, ésta se convierte en una poderosa arma de destrucción. ¿Qué pasa cuando el fanatismo de identidad o religioso se suma a la palabra destructiva? o ¿Qué pasa cuando la arbitrariedad o la mala fe hacen alianza con los discursos del odio y de la destrucción?

Antes de la existencia de las redes sociales, la palabra destructiva y el discurso del odio tenían un autor directo, y se podía saber y descubrir de donde venían esas malas intenciones, de tal suerte de afrontar directamente al destinario y saber el porqué de los mensajes.

Pero al día de hoy las redes sociales (Facebook, Twitter) se han convertido en verdaderos tribunales modernos, en donde en algunos casos propician el veredicto. La palabra que busca destruir no solo se encuentra en determinados medios de comunicación o en redes sociales, se encuentra dentro de la sociedad, ha caminado y calumniado al interior del tejido social, en algunos casos se ha convertido en un modus operandi e incluso en un modus vivendi.

Recordemos que hay algunos que afirman que no hay mejor noticia que una mala noticia, o no hay mejor noticia, que una escandalosa noticia.

La sociedad en su mayoría presta mayor atención a la difamación y al escándalo, ¡que corra sangre! Dirían algunos.

Hay países sobre todo en occidente que han introducido legislaciones para castigar el mal uso de la palabra. Alemania, Francia y Estados Unidos protegen la libertad de expresión pero castigan fuertemente, cuando se prueba el mal uso de la palabra.

Considero plenamente que el respeto a la libertad de expresión debe siempre ser protegido pero de igual forma considero que el mal uso de la palabra debe ser regulado y severamente castigado.

Alexis de Tocqueville, escribió en la democracia de América, el hombre ha tenido siempre ante los ojos, como en nuestros días, un mundo donde nada concuerda, donde la virtud carece de genio y el genio de honor, donde el amor al orden se confunde con el amor a los tiranos y el culto santo de la libertad con el desprecio hacia las leyes; donde la conciencia no arroja más que una dudosa claridad sobre la acciones humanas, donde nada parece ya prohibido, ni permitido, ni honrado, ni vergonzoso, ni verdadero, ni falso.

La palabra debemos encaminarla al uso para el que fue creada, la construcción, el progreso, el orden y la paz.

Las guerras no sólo son, entre naciones sino también entre individuos. Que la palabra bien encaminada no sólo construya sociedades organizadas, sino que también consolide tratados de paz y de armonía. No podemos influir en los conflictos bélicos entre naciones; pero si podemos influir en nuestro comportamiento día a día, evitando la palabra destructiva y el ataque ad hominem, ya que la construcción de una mejor sociedad está en cada uno de nosotros.