Intimidades Colectivas

Elogio del correr

Por un tiempo dejaré de publicar esta columna los viernes. Así que por ser la última de la primera temporada me concedo escribir acerca de las actividades deportivas, en especial la que más disfruto: correr.
La vida nos proporciona oportunidades para aficionarnos a alguna actividad deportiva. He practicado varias pero en la mayoría descubrí los límites vocacionales muy pronto. Mi recuerdo más añejo es haberlo intentando con el box. Fracasé en el primer round y al segundo derechazo que acusó con sensible tacto mi ojo del mismo hemisferio y aunque regresé muchos años después solo fue para responderme dónde estuvieron mis párvulas fronteras (y en definitiva fue asunto de bending- la danza en el box). Cuando estaba en secundaria mi afición principal eran las corridas de toros. Mi gusto era tal que mi padre le pidió a un amigo suyo, dueño de una ganadería, que me permitiera probar. Aún (¡Oh, Lacan!) recuerdo las palabras  con que se lo dijo: “que sea con un becerro que ni lo lama”. No hice caso al conservador optimismo paternal hasta que tuve de frente al cornivuelto en potencia. No me quedaron dudas que a “los toros desde la barrera”.
Luego vino la etapa de las excursiones. Con un amigo solíamos subir montañas, no muy altas pero que nos exigían como sea alguna condición y disciplina. En esa actividad lo más cercano que estuve a las nubes fue en la cima del nevado de Colima. Luego la incursión en el futbol, al principio como delantero. Tuve constancia del fin de mi ciclo cuando fui ocupando posiciones cada vez menos exigentes  hasta llegar a la tribuna (donde ahora soy titular indiscutible).
Pero hay una práctica que me ha acompañado por muchos años: correr. En ella he alcanzado mi máximo logro deportivo y no por ganar algún pódium olímpico ni mucho menos sino por algo de mayor trascendencia personal: la disciplina, la emoción, la libertad, el autoconocimiento, los límites, el potencial y la alegría que me animan. Si en Delfos estaba escrito “conócete a ti mismo” y Nietzsche sumó “sé tú mismo”, yo agregaría: y  hazlo corriendo.
Correr es mi pasión deportiva. Me ha llevado a disfrutar el entrenamiento bajo un aguacero en Xalapa; a emocionarme hasta las lágrimas mientras a trote rápido el sol es engullido por el mar en Mazatlán; a gozar las veredas húmedas que llevan a los santuarios de la Monarca; a perderme en Central Park y su bosque escoltado por acero o a recibir de la mano de un niño de cinco años un pedazo de naranja en el kilómetro 22 del maratón Lala en La Laguna. No poseo ningún record. Pero tengo mis tenis y eso me basta para practicar lo que más disfruto: correr.


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