Crónica de Torreón

La madre de todos los males

Es una verdadera tragedia que un país como el nuestro, llamado a ser grande por su historia, su población y sus recursos, se haya convertido en una nación de dudosa categoría, completamente desarticulada.

La cultura de la corrupción (impulsada por el afán de ganancia o de poder a cualquier precio) obtuvo carta de ciudadanía desde que cierto general revolucionario (Álvaro Obregón) que fuera presidente de la República, declaró de manera descarada que “todos somos un poco ladrones” y que “nadie aguantaba un cañonazo de 50 mil pesos”. Estas frases eran a la vez, justificación y elogio de la corrupción.

Lo único que hacía Obregón era reconocer que en ciertos círculos, existía una cultura de la corrupción, y que él, uno de los políticos de mayor rango en México, se sumaba a ella y la promovía alegremente.

¿Que cabía esperar, pues, del común de los ciudadanos, cuando eran sus propias autoridades las que ponían semejantes ejemplos de vida? El término “corruptio” denomina tanto el estado como el proceso de descomposición, de putrefacción. La corrupción era, es y será, un proceso que afecta a un cuerpo, antes sano, y lo convierte en un amasijo de tejidos podridos, inservibles.

La metáfora, aplicada a nuestra nación, implica que un cuerpo social de sanas costumbres se transforma en algo sucio, maloliente y desarticulado, como si padeciera una terrible gangrena, y que, por esa razón, queda incapacitado para la consecución del bien común.

Un cuerpo social saludable requiere la supremacía real, no fingida ni discrecional, de las leyes y de la equidad. Así de simple. Una sociedad sana será aquélla donde todos sus miembros tengan las mismas oportunidades en base a un estado de derecho real y no ficticio, en base a las propias capacidades, y en base al mérito personal.

Pero sabemos que los mexicanos somos verdaderamente alérgicos a la legalidad y al concepto de equidad. Todos queremos ser tratados de manera especial y ventajosa, por encima de los derechos de los demás. Y para ello, hacemos trampa. La inefable “mordida” es un recurso de beneficio propio que usan aquéllos que pueden aplicar sanciones u otorgar beneficios de algún tipo, y que violenta los justos derechos de los ciudadanos. Lo lamentable es que quien paga “mordida” se convierte a su vez en promotor de la ilegalidad o inequidad. Los casos de corrupción pueden y suelen ocurrir, lo mismo entre las grandes constructoras que entre la fila de clientes de un banco o una tortillería. La corrupción implica “atajos” u “oportunidades” que violentan y pasan sobre los justos derechos de terceros.

La verdadera tragedia es que, como nación, México ha optado, no por el mérito, sino por la maña. Esto es lo que implica la cultura de la corrupción en el mundo profesional. Una cantidad muy significativa de “hombres de éxito”, sea en el ámbito de la política, la empresa, las artes, la cultura, los medios de comunicación, e incluso la ciencia, no han “triunfado” por la excelencia de sus capacidades profesionales y actitudes éticas, sino por su habilidad para simular, adular, obedecer, engañar, tranzar, e incluso, para venderse. Porque, en esa cultura, “el que no tranza, no avanza”.

No es que México sea un país de mediocres. Por fortuna, hay muchísimo talento en México. Lo que realmente sucede, es que en nuestro país, la mediocridad tomó el poder hace mucho tiempo, usando la corrupción como estrategia.

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