Crónica de Torreón

La identidad autodefinida

Un debate historiográfico que se ha mantenido vivo en la región del sur de Coahuila desde hace tiempo, es el que se refiere a la conservación (o decadencia) de la “limpieza racial” de los tlaxcaltecas que poblaron Saltillo y el País de La Laguna. El obispo de Durango Tamarón y Romeral, de origen toledano, al igual que el franciscano Juan Agustín de Morfi, nacido en Asturias, se cuentan entre aquellos individuos que en la segunda mitad del siglo XVIII se sentían incómodos ante el espectáculo que implicaba la existencia de pueblos de indios privilegiados por la Corona, y muy en concreto, Santa María de las Parras, que poseía una pujante economía. Los españoles que vivían en la jurisdicción del pueblo de Parras estaban técnicamente sujetos a un gobierno indígena que estaba constituido por el gobernador, el cabildo y el común de los naturales. Desde luego, siempre existía la posibilidad de que españoles y criollos acudiesen al alcalde mayor para ciertos asuntos, pero la verdad es que nunca se llegó a erigir una villa de españoles junto a Parras durante la era colonial. Siempre fue pueblo de indios. El malestar de los peninsulares Tamarón y Romeral y de Morfi coincidían con una época en que España —como lo saben quienes están familiarizados con la evolución del derecho nobiliario en el Imperio Hispanoamericano— trataba de reducir el número de “hidalgos” exentos de tributo mediante el expediente de revisar los fundamentos documentales o históricos del privilegio. Ambos clérigos pensaban que los españoles del pueblo de Parras merecían mejor suerte que la de estar “sojuzgados” por indios. Para mejorarla, habría que desarticular la situación privilegiada de dichos tlaxcaltecas. Con este objeto, popularizaron un argumento: que los indígenas parrenses habían perdido su limpieza biológica y que como indios mezclados o “misturados”, no merecían los privilegios que tenían concedidos por la Recopilación de las Leyes de Indias o por Reales Cédulas u otros documentos especiales. Este era un procedimiento legalista que, de aplicarse rígidamente en España, descalificaría a muchos miembros de la nobleza peninsular (Recordemos los “libros verdes” y sobre todo el famoso Tizón de la nobleza de España del cardenal don Francisco de Mendoza).Los tlaxcaltecas de Parras, por su parte, tenían una visión mucho más antropológica, más cultural de su propia identidad. No solamente no negaban que, en cierta medida,  hubiese habido mezcla o mestizaje, sino que abiertamente afirmaban su derecho a incorporar a su comunidad privilegiada a quienes ellos consideraban y reconocían útiles para la conservación y aumento del pueblo de Santa María de las Parras. Argumentaban que al hacerlo así,  ninguna de las dos majestades (Dios y el Rey) era “deservida”.La incorporación de estos mestizos obedecía en gran medida a razones económicas, sin que hubiese una ruptura cultural. Para muchos historiadores, particularmente los originarios de Parras,  el problema real es si aceptan o no que los tlaxcaltecas tenían el derecho de autodefinir su identidad. Los tlaxcaltecas de Parras basaban su derecho en los múltiples servicios que habían realizado a favor de la Monarquía. Y para ellos, era una razón más que suficiente. 


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