Crónica de Torreón

La fe Virreinal

En la mente de los laguneros que vivían en el remoto norte novohispano, Dios era percibido de manera semejante a como lo era la cesárea majestad de los monarcas de España: Dios, como el rey, era un ser muy real, pero inaccesible en su grandeza y lejanía. La santidad de Dios y su justicia abrumaba a los fieles, que se sabían y sentían pecadores. La lectura de la totalidad de los testamentos contenidos en el Archivo Histórico del Colegio de San Ignacio de Loyola de Parras (María y Matheo) nos permite concluir que estos creyentes no comprendían plenamente el significado ni las consecuencias del sacrificio de Jesús en cuanto sacrificio vicario, es decir, sustitutivo y plenamente expiatorio. Este sacrificio era interpretado más bien como el testimonio supremo del amor del Hijo encarnado, como una pasión divina que lo llevó hasta la muerte sin proferir queja alguna. Por lo tanto, la muerte en la cruz no representaba un acto deliberado por medio del cual se realizaba una perfecta expiación vicaria, sino más bien una consecuencia natural de la confesión de la divinidad de Jesús ante las autoridades judaicas. La paciencia de Jesús durante su pasión y muerte fueron leídos básicamente como modelos de conducta cristiana. La pasión no era percibida como un sacrificio liberador para el creyente, sino como un acto pedagógico de estoicismo, paciencia y virtud cristianos que enseñaba al creyente a sobrellevar los embates de la vida con resignación y con la esperanza de los bienes de la vida futura. Para los creyentes inmersos en este contexto, la muerte de Jesús fue su mayor lección de vida, pero todavía quedaban en la incertidumbre de su propia salvación, que más parecía depender de sus obras —buenas o malas— que de la perfecta obra expiatoria de Jesús. Nadie tenía la certeza del perdón divino, sobre todo a la hora de la muerte inesperada, tan común y tan temida en las tierras laguneras infestadas de salvajes. Ante el angustioso sentimiento de la lejanía de Dios por la doble consciencia que tenían los creyentes de la santidad divina y de la propia pecaminosidad, la veneración de la Virgen y los santos intercesores eran fuente de seguridad. Para la mentalidad popular, y a pesar de todas las miserias que el creyente pudiera padecer, el amor de madre de María era incondicional. Los santos eran seres cercanos, y aunque glorificados, habían sido humanos y habían sufrido como cualquier otro. Por esta razón, estaban en posición inmejorable para ayudar a los miembros de la iglesia militante. En la vida diaria lagunera, ésa era la función de los santos. Como miembros de la corte celestial, tenían acceso a la Divina Majestad, de la misma manera que los favoritos de la corte tenían acceso al rey. Muchos de ellos eran designados como «valedores» y «procuradores» personales en los testamentos de los creyentes. En el norte fronterizo donde se enfrentaban la barbarie y la civilización sobre una base cotidiana, existían demasiados riesgos y necesidades que debían ser resueltos con el apoyo de lo sobrenatural. Humanamente hablando, la vida era demasiado incierta para vivirla sin la seguridad que proporcionaba la experiencia religiosa. Basta imaginar los peligros que representaban los imprevisibles ataques de indios —lejos de cualquier socorro oportuno—, los accidentes y las enfermedades, sin los recursos de los antibióticos ni de la ciencia médica; la carestía, que muchas veces era el resultado de los incontrolables azares climáticos, para imaginarnos la magnitud de la zozobra cotidiana.


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