Crónica de Torreón

Sociedades complejas

Para iniciarnos en el oficio de la crónica o de la escritura de la Historia, los aspirantes a tales oficios debemos asegurarnos de que realmente tenemos una cabal comprensión del presente. De otra manera, si no somos capaces de entender nuestra sociedad del presente, ¿cómo podremos intentar abordar sus fenómenos por medio de la crónica o referir los que vivieron las comunidades del pasado?
Suele pensarse que nuestras sociedades son homogéneas, sobre todo cuando tenemos una posición económica desahogada. Generalizamos nuestra percepción de la realidad al resto de la población, pensando quizá que poseen las mismas aspiraciones que nosotros, aunque no la misma suerte. O peor aún, menospreciamos la opinión de terceros al respecto, y consideramos que solamente la nuestra es pertinente o razonable. Dice el refrán que cada quien habla según le va en la feria. El problema es que no caemos en la cuenta de que «en esta feria, a mí me fue bien», y decimos «esta feria es muy buena», como si estuviéramos en posición de hablar y de opinar por todos los demás.
Nuestra percepción (limitada por nuestra individualidad) está condicionada y moldeada por nuestras circunstancias «en la feria». El refrán es muy atinado, y expresa que la existencia puede ser percibida (sentida, vivida) de manera diferente, dependiendo del perceptor.
Lejos de pensar en una realidad única, el refrán establece el principio de las múltiples y diversas realidades. El mundo, las naciones, las entidades federales o provincias, las regiones y ciudades, todas son diferentes. Cada una tiene sus peculiaridades. En una población urbana como Torreón, la cultura de las clases sociales es diferente. Hablamos de cultura en el sentido antropológico del término, nos referimos a una manera colectiva y compartida de entender y de ser (mentalidad, costumbres). Está muy lejos de nuestro propósito entender «cultura» en el sentido elitista del término, como «educación refinada propia de las clases pudientes».
Hablamos de cultura en el sentido antropológico cuando hablamos de las diferencias que existen entre las maneras de ser de las clases menos privilegiadas, las clases medias, y por supuesto de las clases económicamente altas. Es decir, los miembros de determinadas clases sociales suelen compartir rasgos comunes de educación, valoración, conducta y creencia que pueden ser discernibles para quien pone atención en los aspectos perceptibles de su conducta. Sin embargo, quien observa (el perceptor, cronista, historiador) tampoco puede escapar a su propia educación y sitio social. Es muy posible que tenga prejuicios adquiridos de quienes lo educaron, sea familia o grupo social. Sin el adecuado entrenamiento y reflexión, el cronista o historiador novel no podrá evitar ser subjetivo al mirar. Una de las cosas que los miembros de determinada clase social suelen compartir, es el significado o interpretación de determinadas conductas. Un buen ejemplo es el tradicional rapto (premeditado «robo» de la novia) de nuestra cultura rural, el cual es una reminiscencia de los usos y costumbres de la era colonial.
En el “País de La Laguna” la «promesa de matrimonio» era tan sagrada que bastaba con que los novios la expresaran mutuamente para poder cohabitar, muchas veces en casa de sus progenitores. El Derecho Canónico y el Civil sancionaban positivamente esta costumbre, máxime cuando las parroquias quedaban tan lejanas a los centros de población. Los habitantes de la Hacienda de San Lorenzo de La Laguna tenían que acudir a Mapimí o a San José y Santiago del Álamo (Viesca) para recibir formalmente el sacramento del matrimonio, con innumerables peligros de asalto de indios. La costumbre del “robo de la novia”, todavía practicada en los sectores populares de extracción rural de nuestra región, difícilmente sería interpretada y valorada (juzgada) de la misma manera por los miembros urbanos de la clase media. Para éstos últimos, se trataría de un acto de deshonesta promiscuidad, porque esta conducta no cabe en los patrones morales compartidos por ellos.


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