Crónica de Torreón

La “Sanjuanita”

Cuando era pequeño, a finales de los años cincuenta, me pasaba buena parte de las tardes repartiendo niños en el camión escolar. Por supuesto, yo también era uno de esos niños. Largos parecían los atardeceres en esos recorridos, pues por lo general, yo era de los últimos alumnos en ser entregados en su domicilio. Recuerdo que miraba el desfile del mundo y su diversidad (mi pequeño mundo torreonense) a través de las ventanas de vidrio del vehículo. Algo que me llamaba mucho la atención y me parecía inexplicable –por mi falta de experiencia de las costumbres religiosas de la época- era mirar a aquéllas personas que portaban un atuendo de azul y blanco. Señoras, señoritas, niñas y niños. Ni el sexo, ni la edad, ni el estado civil o religioso parecían explicar el atavío. Hasta que supe, bastantes años después, que el atuendo lo usaban quienes habían hecho una manda o promesa a la virgen de San Juan de los Lagos. A veces las madres hacían la promesa y vestían a los hijos con el “hábito”. A mí me parecía muy injusto que el pobre niño o muchacho tuviera que hacer su vida, un año completo, con esa apariencia.
A medida que crecí, me fui enterando de tradiciones familiares relacionadas con esa advocación de la Virgen. Mi bisabuelo materno, D. Rafael Páez Saavedra, nació en 1830 en la hacienda familiar en Chalatenango, población cercana a San Salvador, cuando toda Centroamérica formaba una sola república, si bien su familia procedía de los primeros colonizadores de la Capitanía General de Guatemala. En cambio, su esposa, mi bisabuela,  Da. Ma. Felipa de San Juan Sánchez Gutiérrez, había nacido en San Juan de los Lagos, donde fue bautizada el 27 de mayo de 1836. Era “Felipa de San Juan” precisamente para conmemorar que en ese año, 1836, la antigua iglesia de San Juan fue elevada al rango de basílica. Mis bisabuelos casaron en San Luis Potosí el 7 de enero de 1863. Por el hecho de que un hermano de mi bisabuela era párroco del templo de San Sebastián, en San Luis Potosí, la familia promovió el culto de la virgen de San Juan de los Lagos en aquella ciudad.
No solamente donaron la imagen que aún se encuentra en el medio del altar central de la iglesia, sino que obtuvieron del obispo potosino el privilegio de que las mandas y promesas hechas a la virgen de San Juan de los Lagos, se pudieran cumplir en el ya referido templo de San Sebastián. Se trataba de un acto de filantropía, ya que en aquella época, las promesas, mandas y votos realizados a la “Sanjuanita” por lo general se cumplían yendo a visitarla a pie, en cruenta peregrinación. Mucha gente se reunía a ver salir a los peregrinos, porque se sabía que muchos, los más débiles y ancianos, podían morir en el camino, como de hecho sucedía. El regreso de la peregrinación era otro espectáculo que reunía mucha gente, pues por lo general se iba a saludar a los conocidos, a darles los parabienes por el regreso con salud, o bien para enterarse de quiénes no habían resistido el viaje. La gente le tenía mucho amor, y también temor, a la virgen de San Juan de los Lagos. Se decía que era muy “milagrosa”, pero también muy “vengativa” con quienes no cumplían las mandas y promesas. Hay infinidad de consejas y leyendas sobre personas convertidas en piedra en el camino, o de ánimas que rezan en la basílica, en contigüidad con los vivos. La virgen de San Juan de los Lagos tiene tres fiestas al año: el 2 de febrero, día de la purificación o candelaria; el 15 de agosto, día de la asunción de la Virgen; y el 8 de diciembre, día de la inmaculada concepción de María, que es propiamente la advocación de la virgen ampona. Fiesta aparte la del titular de la basílica, San Juan Bautista, el 24 de junio. Al parecer, por el número de visitas a su basílica, es la segunda después de la de Guadalupe, en México, D.F. Su culto se remonta al siglo XVII, esto es, 1623.



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