Crónica de Torreón

Pacto de Torreón

El pasado miércoles ocho de julio de 2015, se cumplieron ciento un años de la celebración del llamado “Pacto de Torreón”. Este pacto fue celebrado entre las fuerzas villistas y carrancistas. El motivo de esta reunión de ambas fuerzas revolucionarias en el Banco de Coahuila de Torreón, era el de zanjar las diferencias que habían surgido entre la División del Norte y el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza.

El Banco de Coahuila tenía su sede en un edificio, desgraciadamente ya desaparecido, que se ubicaba en la calle Zaragoza 423 sur, entre las avenidas Hidalgo e Iturbide (ahora Presidente Carranza).

Uno de los resultados de las pláticas de esta reunión de fuerzas villistas y carrancistas (del cuatro al ocho de julio de 1914) fue el acuerdo de celebrar la famosa Convención de Aguascalientes. El origen de esta convención se encuentra en el mencionado Pacto de Torreón.

Con motivo de este nuevo aniversario de la histórica reunión, el Ayuntamiento de Torreón y el Comité Ciudadano de Festejos Históricos, a través de sus representantes, develaron una placa alusiva. 

Fueron testigos del evento por Coahuila el Cronista Oficial de Torreón, autor de esta columna, así como el Cronista Oficial de Matamoros, representante de la Asociación Nacional de Cronistas de Ciudades Mexicanas en la zona norte del país.

Por Gómez Palacio, Durango, estuvo presente su Cronista Oficial. Cambio de tema. Si pudiéramos hablar de “una cultura de la corrupción y de la impunidad”, podríamos mencionar el afán del privilegio como una de las características de los individuos que la comparten.

Estar privilegiado consiste básicamente en obtener oportunidades inequitativas, o en estar exento de una obligación o responsabilidad cuyo cumplimiento no podrían evitar los demás miembros de la sociedad en circunstancias similares.

En otras palabras, consiste en contar con ventajas que no están al alcance de todos.El problema de fondo es que para un enorme porcentaje de ciudadanos mexicanos, particularmente para muchos de la clase política, la existencia de un estado de derecho no es comprendido ni aceptado, ni mucho menos, deseado. Un sistema de leyes que se aplicara a todos por igual, sin excepciones, garantizaría una mejor convivencia.

Pero desgraciadamente, el efectivo estado de derecho es entendido como un obstáculo para el cumplimiento de los propios intereses, o como un mecanismo discrecional para controlar o castigar a los enemigos u adversarios. 


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