Articulista invitado

Crecimiento verde cambia la forma de hacer negocio

La humanidad ha iniciado el siglo XXI dándose cuenta de la profunda transformación que ha infringido al planeta. La rapidez con la que hoy somos capaces de ocupar el territorio y utilizar sus recursos naturales no está sincronizada con los ciclos ecológicos de reposición de nutrientes y materiales. El agotamiento de los recursos naturales ha adquirido una dimensión global, como en su momento pasó con la contaminación atmosférica, que imaginábamos un asunto local hasta que empezamos a sentir que el clima del planeta estaba cambiando por completo. Ante esta situación ha surgido un nuevo paradigma: la economía circular.

Cuando éramos pocos, la Naturaleza se podía hacer cargo de reponer lo que extraíamos y asimilar nuestros desperdicios; no estaba en nuestros cálculos económicos gastar dinero o esfuerzos en restaurar lo dañado o limpiar lo contaminado. Construimos nuestras instituciones y dictamos nuestras leyes bajo esa supremacía antropogénica sobre la naturaleza, con el objetivo de lograr beneficios de corto plazo. El resultado está a la vista, se estima que en la actualidad se producen 78 millones de toneladas de plásticos anualmente y solo reciclamos 14%. Pronto habrá más plásticos que peces en los océanos.

La economía circular plantea un modelo empresarial que genera capital económico, social y natural al realizar actividades que por diseño, en toda la cadena productiva y de comercialización, se mantenga la regeneración y restauración de las materias primas y sus fuentes. No hay cabida para desperdicios ni tampoco para externalidades negativas. Empresas tan disímbolas como Dell, Levi-Strauss o Energizer han extendido su responsabilidad a la dimensión ambiental y ya trabajan para lograr la circularidad de sus operaciones.

Con el paso del tiempo hemos incorporado la variable ambiental a nuestras reglas de comportamiento, pero todavía hay muchas empresas y actividades productivas que operan legalmente sin responsabilizarse de las externalidades negativas que el crecimiento económico impone a los ecosistemas o la salud pública.

Ya desde los años ochenta el profesor David Pearce elaboró una serie de planteamientos para enverdecer las economías occidentales, que denominó Blueprint for a Green Economy. En esencia dijo: si es imperativo mejorar las condiciones ambientales, es necesario implementar políticas que utilicen el egoísmo "natural" de las personas en lugar de oponerse a éste. Para ello, hay que restringir las ambiciones humanas a través de impuestos ambientales; lograr la viabilidad de una acción productiva en el largo plazo mediante prácticas sustentables que no agoten los recursos naturales implicados; y, desacoplar las tasas de crecimiento económico (el PIB) del crecimiento de la contaminación (CO2 emitido).

A partir de estos planteamientos ha surgido una pléyade de instrumentos económicos y de política que están enverdeciendo nuestras economías. Los impuestos al carbono, que tasan a los combustibles fósiles antes favorecidos con subsidios, son un ejemplo. Sin embargo, el proceso de aceptación y aplicación de estas políticas es lento y en muchas ocasiones es revertido por situaciones o condiciones económicas y sociales extraordinarias. Lo ocurrido recientemente con el tema de cambio climático en Estados Unidos es una muestra por demás ilustrativa.

Para dar seguimiento a las políticas globales y nacionales en la materia, se han desarrollado métricas que nos indican que tan bien o mal andamos en la ruta de la sustentabilidad. En el último reporte Indicadores de Crecimiento Verde, de la OCDE, México empieza ya a figurar entre los países cuyas políticas ambientales generan oportunidades económicas de crecimiento, creo que el futuro de sustentabilidad que anhelamos está más cerca de lograrse.

*Subsecretario de Planeación y Política Ambiental de la Semarnat