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El eslabón perdido. ¿Existe?

Charles Darwin, en 1871, fue el primero en tratar el problema de la evolución humana. Darwin sostuvo por primera vez que el hombre, al igual que las demás especies, desciende de alguna especie preexistente. Que la selección natural sirve para explicar la evolución de todas las especies, incluyendo al humano.  Los grandes simios supusieron  un sólido argumento a favor del origen evolutivo de los seres humanos. En sus esqueletos, fisiología y su comportamiento, los chimpancés, gorilas y orangutanes presentan un extraño parecido a los humanos.  Parecen miembros de la misma familia, aunque pobres y retrasados mentalmente. De hecho, ya Carlos Linneo había clasificado al hombre en la misma familia de los simios. Todo esto motivó la búsqueda de “el eslabón perdido”. Se trataba de encontrar una bestia quimérica mitad hombre y mitad mono. La imaginaban con una gran cabeza y cerebro y anchas mandíbulas y caninos simiescos. La fiebre por encontrar  “el eslabón perdido” atrapó a un físico llamado Eugene Dubois, que en 1890 trabajaba en la isla de Java de Indonesia, en las excavaciones se topó con un cráneo de aspecto primitivo y  un hueso largo de la pierna -fémur-   de aspecto humano. Denominó a su descubrimiento Pithecanthropus erectus.  Pero al llegar a Europa, los expertos  demostraron que el cráneo era de un simio y el fémur de un humano extraviado. Si bien esto fue un fracaso para “el eslabón perdido” fue todo un precedente, y en su momento este hallazgo fue reclasificado con el Homo Erectus  que precedió al Homo Sapiens.
Un grupo de científicos que había estado buscando eslabones perdidos en Sudáfrica, encontró restos simiescos, una criatura más grande que un chimpancé con mandíbulas y dientes de parecido humano, y en la columna vertebral conectada al cráneo había indicios de que esta criatura ya podía andar erguida o de pie. Los fósiles los encontró Raymond Dart y el juró haber encontrado los restos del  verdadero “Hombre mono”  y lo llamó Australopithecus africanus . África se convirtió en el asentamiento de los antiguos simios con aspecto humano. Luego se descubrió el aferensis, sus huellas quedaron plasmadas en las faldas del volcán Sadiman,  en Tanzania, mientras paseaban estos simios en postura vertical, sus huellas quedaron en las cenizas, poco después el volcán hizo erupción y la lava cubrió las huellas, al quitar la capa protectora se observa el rastro en un recorrido de 23 metros. El talón bien marcado y el dedo gordo del pie es paralelo a los demás.  Nuestro árbol genealógico ha echado ramas desde hace 3.000 millones de años y en una pequeña rama creció nuestra familia zoológica, nuestra especie, el género Homo.  
Del aferensis, siguió el Homo Habilis, “El humano habilidoso”,  era un hombrecillo que tenía una estatura aproximada a los 93cm. Presenta todavía brazos largos y piernas cortas- como los simios- esto revela que seguía trepando árboles para alimentarse. Este Homo habilis ya era capaz de fabricar herramientas sencillas de piedra, como un hacha. Y fue el antecesor por 200.000 años del Homo erectus que ya era más alto casi de 180cm. Pero ¿para qué querían las herramientas? Diversas especies de pájaros utilizan piedras para romper los huevos de avestruz. Se cree que los grandes simios utilizan las piedras como herramientas para espantar a los intrusos y romper o machacar la fruta. El uso de palos y piedras para alimentarse de los árboles es común en los chimpancés. Cuando un investigador fabricó un leopardo disecado y lo colocó en un grupo de chimpancés, estos lo agarraron a palos, lo atacaron con garrotes, lo hicieron trizas y lo arrastraron por entre la maleza.
Nuestros antepasados  fabricaron las herramientas para sobrevivir y alimentarse mejor, los individuos con mayor habilidad disfrutarían de una mejor dieta en grasas y proteína, serían más fuertes y sanos y dejarían más descendencia. Si uno quisiera imaginar a nuestros antepasados de hace cinco millones de años, la imagen seria de una familia de chimpancés que ya caminaban nerviosos y erguidos, avanzaban sobre la hierba. Todos los adultos sostenían un palo afilado en la mano. Así empezó nuestra historia de lo que somos y aun podemos ser.



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