Pulso

¿Qué sienten los damnificados?

La humanidad siempre ha estado expuesta a los desastres naturales. En nuestro país y en nuestra región también suceden. Las lluvias en exceso, los desbordamientos de ríos, la ruptura de carreteras y la interrupción de la comunicación y servicios básicos como la higiene, agua y comida, afectan súbitamente a grandes grupos de personas. Las consecuencias no tardan en aparecer: Hambre, enfermedad y muerte.

Pero ¿qué es lo que sienten los damnificados?

Durante la segunda guerra mundial, los nazis intentaron matar de hambre a los judíos. La comida pasaba clandestinamente en los campos de concentración, los presos comían apenas 800 calorías diarias. Los médicos del gueto, que también morían de inanición, hicieron un estudio que llamaron la “Enfermedad del hambre”, y describieron lo siguiente:

Incluso durante un periodo corto de hambre…los síntomas son una sed constante y un aumento de orina….Los síntomas iniciales son sequedad de boca, rápida pérdida de peso y ansia constante de comida. Cuando el hambre se prolonga, estos síntomas disminuyen. Sobreviene entonces la debilidad e incapacidad para realizar cualquier esfuerzo, y no tienen disposición para el trabajo. Se pasan el día en cama, abrigados porque siempre tienen frió, sobre todo en la nariz y en los pies. Se vuelven apáticos, depresivos y carentes de iniciativa. No se acuerdan del hambre, pero cuando ven un trozo de pan, carne o dulces, se ponen agresivos, arrebatan la comida y la devoran; prefieren comer un trozo de pan aunque se les castigue y mate a palos por no tener fuerza para salir corriendo. Terminan agotados completamente. El exceso de grasa desaparece, la piel se oscurece, seca y arruga. El vello del pubis y axilas se cae. Las mujeres dejan de menstruar y se vuelven estériles. Los hombres se vuelven impotentes. Los recién nacidos y niños mueren en semanas. Las funciones vitales disminuyen. El pulso y la respiración se hacen más lentos. Se tornan soñolientos y cada vez a los pacientes les resulta más difícil estar despiertos y concientes. Las personas se quedan dormidas en la cama o en la calle y a la mañana siguiente ya están muertas. Se mueren al realizar esfuerzos físicos, como buscar agua y comida; a veces mueren con un pedazo de pan entre las manos.

Como lo muestra este estudio de Varsovia durante la guerra nazi, al dejar de comer el deterioro psicológico y orgánico se inicia rápidamente. Aun para todos los que tienen acceso a la comida y están bien alimentados, la sensación de hambre puede ser desagradablemente dolorosa; apenas pasan ocho o diez horas sin comer y la sensación de estómago vacío comienza, las “tripas gruñen” y un malestar abdominal se suma a la ansiedad. Los niveles de azúcar en sangre bajan y comienza la obsesión por comer, si es que se puede. Pero la gente no come solo por hambre, también lo hace por el placer, el sabor y las fragancias de la comida, la sensación de recompensa, por eso las personas comen aunque no tengan hambre.

Por eso la comida ejerce un gran consumo de tiempo y energía, todos trabajan básicamente para poder comer, intercambian su esfuerzo, tiempo y trabajo para garantizar la comida. Las personas por lo regular necesitan comer tres veces al día; de esta necesidad surge el intercambio de bienes y servicios para poder comer.

El hambre no solo se da en los campos de concentración humana o en las guerras, también surge como consecuencia de terremotos e inundaciones. Nuestros antepasados conocían muy bien los ciclos de abundancia y “vacas flacas”. La naturaleza los forzó a aprender a distribuir los alimentos. Los cazadores y recolectores antiguos sufrían de periodos de hambre. La sequía y las inundaciones los forzaban al ayuno. Durante la abundancia hacían festines y en la desgracia seguía el ayuno. Con el tiempo muchas cosas han cambiado, pero los desastres naturales nunca lo han hecho. La naturaleza es implacable; no hay, hasta el momento, civilización o país que pueda controlar el poder de la naturaleza y sus desastres. Desde siempre la humanidad se reagrupa, todos saben que cualquiera está expuesto y tal vez algún día necesite ayuda de otros para sobrevivir. La sensación del hambre siempre nos acompañará, como un recuerdo imborrable de nuestra fragilidad humana.

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