Pulso

¿Para qué gastar en los hijos?

En la actualidad, en los países industrializados y desarrollados, la frecuencia de embarazos va en descenso. Las civilizaciones avanzadas están más preocupadas por el buen comer, la diversión, la tecnología y el bienestar; desde luego también consideran al sexo como una prioridad, pero practican el sexo no reproductivo, es decir, sin hijos.

Antaño, el número de hijos de una pareja superaba con facilidad el número de cinco, es más, los padres pretendían tener más hijos con la finalidad de aumentar la mano de obra y con ello las posibilidades de protección durante la vejez. Sin embargo, hoy en día es muy difícil que los padres recuperen lo que invirtieron económicamente en los hijos. Los gastos de guardería, kinder, escolaridad, universidad y hasta postgrados; además de autos, equipos de sonido, ipod, celulares, computadoras y vestido, son muy grandes, de ahí que las parejas prefieran tener dos o tres hijos y otras de plano no tener ningún hijo; en otros casos el embarazo se da ya pasados los treinta años, con el pretexto de gozar la vida en pareja, estabilizarse y ofrecer un mejor futuro al hijo único. El valor monetario de los hijos no incluye el cambio de pañales, las noches de desvelo durante los eructos, distensiones, y fiebres nocturnas, tampoco las noches de insomnio en la espera de que lleguen a casa y de los nervios hechos papilla al día siguiente que se va a trabajar para seguirlos manteniendo y vaciar la cartera en ellos. Planteado así, parecería justo que las parejas modernas prefieran no tener hijos. Sin embargo, aun con todo el gasto monetario y desgaste físico, las parejas tarde o temprano se deciden por tener al menos un hijo. Incluso no importa que sea adoptivo; esto explica el por qué las organizaciones de adopción están repletas, y el por qué existe la compra venta clandestina de recién nacidos y niños pequeños. El hijo adoptivo requiere los mismos gastos que un hijo biológico, y aun así los padres invierten con gusto. Cómo se puede explicar que aun pudiendo el ser humano practicar la sexualidad no reproductiva y mejorar su calidad de vida, las parejas sigan deseando tener hijos. Algunos piensan que los hijos refuerzan los lazos de amor entre los amantes. Si bien es cierto que los niños no satisfacen la necesidad sexual de la pareja, si pueden satisfacer la necesidad de amor, de atención y apoyo muto entre padres e hijos. Los hijos nos hacen sentir dignos y requerimos que aprueben nuestra conducta como padres. Dicho más claramente, los niños se necesitan porque necesitamos amor.

Hay muchos estudios que muestran que las personas privadas de afecto paterno durante los primeros años de vida presentan luego alteraciones en el comportamiento como adultos. Los niños prematuros que se encuentran en incubadora y que reciben pocas caricias tienen mayor mortalidad; en cambio, aquellos prematuros que recibieron masaje quince minutos tres veces al día, comían mejor, subían de peso y sobrevivían y eran dados de alta del hospital más pronto. Más tarde, esos mismos niños que recibieron caricias caminaban y hablaban más pronto, tenían una mejor capacidad intelectual y habilidad motriz. Pero quizás ese amor que los padres ofrecen al hijo lo ofrezcan como intercambio, es decir con la esperanza que más tarde ese hijo retroalimente ese cariño y amor a los padres.

Pero por que los padres insisten en tener hijos, a pesar de lo que esto implica, nueve meses de embarazo, y unos cuidados de atención y económicos a veces desbordantes; entonces para ¿Para que gastar en hijos?

Hoy la sociedad está dominada por relaciones interpersonales escasas, individualismo laboral, es interpretada como libertad, la competencia es despiadada por la riqueza y posición social. Tal parecería que los niños estorban para alcanzar la meta. Las parejas de hoy están temerosas por la seguridad en las calles, las pensiones y jubilaciones. Pero quizás por todo esto los niños son necesarios, para darnos el amor que anhelamos. Los bebes responden fácilmente con un chupeteo, sonríen, agarran los dedos del adulto, tratan de abrazar; esto es solo un anticipo de los abrazos y besos impetuosos de la infancia, el chiquilín se cuelga de nuestro cuello, invade nuestra cama, y de la nada murmura “te quiero”. El crío sale corriendo a gritos a nuestro encuentro cuando regresamos del trabajo. Más tarde quizá, ese niño se vea vestido con toga y birrete, y nos diga agradecido: “Mamá, papá, gracias. Os lo debo todo”.

sinrez@yahoo.com.mx