Sin rodeos

Todos lloran por él

Todos somos únicos e irrepetibles, pero algunos son extraordinarios y trascienden su tiempo. Sus luces y sombras los hacen inmortales, aunque sus cuerpos terminen incinerados.

Fue enorme el valor y la audacia de Fidel Castro, acompañado del Che Guevara y un grupo de cubanos, para derrocar en 1958 a Fulgencio Batista, sátrapa que hizo de la isla botín de canallas y —negocio de por medio— prostíbulo barato para los yanquis.

Triunfó la Revolución… pero llegó para quedarse, arrasando derechos humanos. Fue patriótica la defensa de Cuba frente a la criminal y obcecada agresión del imperio norteamericano. Conforme al catecismo comunista, la lucha era “por la emancipación del pueblo”, al grito de ¡PATRIA O MUERTE!, ¡HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE!

En diversos rubros, como salud, educación y deporte la nueva dictadura logró avances que deben reconocerse, pero deja otra realidad que resulta inadmisible a la luz de los derechos humanos y de los valores fundamentales de toda civilización:

La revolución castrista “emancipó” a los cubanos de su tirano y del imperio que los ultrajaba, pero no los “emancipó” de la propia revolución. El nuevo régimen aplastó toda disidencia. Los encarcelamientos, las torturas y los asesinatos —con juicios sumarios simulados— han asegurado su permanencia. El éxodo de cientos de miles de cubanos ha sido furtivo y desesperado. La pobreza que avergüenza a Cuba (como la de México a nosotros) demuestra palmariamente que los calificativos de “izquierdas”, “derechas” o “centros” terminan por decir poco; y que más vale luchar por el cumplimiento de los deberes ciudadanos, el ejercicio responsable de las libertades individuales y el fortalecimiento ético y democrático de las instituciones.

En cuanto a Cuba se refiere, son buenos, aunque moderados, los cambios internos y han mejorado sus relaciones con Estados Unidos, siendo en ello relevante el trabajo del papa Francisco.

Además, desaparecida la guerra fría y con la nueva geopolítica, el régimen de la isla ya no podrá recibir el socorro económico y militar de los enemigos de su enemigo, Estados Unidos.

Por sus luces, resulta admirable la Revolución cubana; por sus sombras, es detestable.

Tuve encuentros con Fidel. Estaba al día de lo que ocurre en el mundo, particularmente de los avances científicos y tecnológicos, atisbaba el futuro de la humanidad sosteniendo sus pronósticos y siendo poco receptivo a las opiniones ajenas. Fotografías en su casa y las cajas de puros con breves dedicatorias (“Para mi amigo Diego Fernández de Cevallos. Fidel”) forman parte de mis recuerdos.

Hoy, los cubanos lloran su muerte: unos, con dolor; otros, de alegría.

Ojalá pronto se reconcilien y brinden, con una cuba libre en la mano, por una CUBA LIBRE, diciendo: ¡SALUD!