Sin rodeos

El deporte y el avispero

Es imposible imaginar un país sano, civilizado y próspero si la población carece de educación física y deporte. La verdadera cultura de los pueblos va dirigida a potenciar las aptitudes físicas, intelectuales y morales de sus habitantes. Por ello, los ciudadanos, los medios de comunicación y los gobiernos hemos de reconocer como una prioridad para la sociedad el ejercicio del cuerpo y las actividades deportivas de los hombres y mujeres que forman parte de ella.

La salud y el desarrollo de los individuos exigen, desde su nacimiento hasta su muerte, el esfuerzo físico, determinado racionalmente conforme a su edad, características y circunstancias.

El avance científico y tecnológico ha modificado la vida de los pueblos, haciéndola sedentaria, y reduciendo considerablemente las actividades que demandan mayor fuerza, resistencia y agilidad corpóreas.

La nueva realidad ha traído beneficios y no pocos desafíos y calamidades. Así, al tiempo que tienen cura muchas enfermedades y aumenta la esperanza de vida, son frecuentes las taras físicas y psicológicas propiciadas por las costumbres y actividades modernas.

En México, sociedad y gobiernos han subestimado el valor del deporte en la formación integral de los seres humanos; son deficientes los resultados alcanzados en ese ámbito, y es evidente el despilfarro de recursos públicos.

Es significativo que los pocos triunfos que logramos en lo internacional generalmente corresponden a competiciones individuales, no de grupo, en las que nuestros atletas han tenido que enfrentar estoicamente innumerables adversidades producto del abandono —o el estorbo— de comités y federaciones que en conjunto reciben anualmente del erario miles de millones de pesos, manejados a capricho de la mayor parte de los directivos, muchas veces en su propio beneficio, con rendición de cuentas ante ellos mismos. Solamente los deportistas que llegan al pináculo se benefician de patrocinios privados.

Por fortuna, es evidente el vigoroso trabajo de limpieza y modernización —que al picar el panal alborotó al avispero— emprendido por la Comisión Nacional de Cultura Física y del Deporte (Conade), con su titular recién nombrado, Alfredo Castillo. Mucho es su mérito, y no menor nuestro deber de apoyarle en esa trascendente tarea, que implica superar dos problemas nada desdeñables: el primero, trabajar con una ley obsoleta que solo le permite repartir dinero público; y, el segundo, la violenta respuesta de los que han venido haciendo lo que les da la gana, frecuentemente —como la FIFA— con probado latrocinio.

Es urgente que el Congreso adecue la ley, que los medios den seguimiento al trabajo de la Conade y al comportamiento de comités y federaciones olímpicas, que el gobierno aplaque a las avispas, y que los ciudadanos respaldemos la tarea de limpieza, cuidando que no se caiga en ineficiente y cara burocracia. Se trata de un bien público y de dineros públicos.

México lo necesita y lo merece, principalmente para la plena realización de su juventud.