Sin rodeos

El dedo que señala y un taxista espantado

Con admiración a Mónica Jurado


Sí, ese dedo señala a los criminales y a la autoridad, a los primeros por lo que hicieron y a ésta, al menos, por lo que no hizo. Pronto, tal vez, solamente será historia, con mucho sin esclarecer y menos por castigar ni remediar.

El 30 de mayo pasado fue noticia relevante la captura de un chileno en San Miguel de Allende. Se dice que es un peligroso terrorista que dejó en su país una estela de crímenes y que hace más de 10 años se dedicó a cometer en El Bajío “secuestros de alto impacto”, lo que le permitió una cómoda vida social y de negocios, integrado con sus vecinos en prácticas religiosas. A su compañera de vida se le consideraba en el pueblo como “una buena persona” ocupada en tareas “altruistas” y en terapias de grupo para “sanación espiritual”.

Una “bendita casualidad” todo cambió: él fue capturado y ella huyó a Chile y está en la cárcel. Resulta que el chileno pagó mil pesos a un taxista por llevar un pequeño paquete a un domicilio cercano. Al chafirete le pareció demasiada la remuneración y (recordando que en días recientes cuatro taxistas fueron asesinados en esa población) le horrorizó ver que una camioneta lo seguía, lo que le hizo llamar a la policía y ésta aprehendió al extranjero. La sorpresa mayor fue al descubrir que en el paquete iban unas cartas para el marido de una mujer plagiada y… un dedo de la víctima, que por esa “bendita casualidad” fue liberada.

Pues el pasado viernes dijeron los cancilleres de México y Chile que ACELERARÁN EL PROCESO DE EXTRADICIÓN del susodicho, porque para aquel país es un asunto de “gran significado político y judicial”.

En grave predicamento está la justicia mexicana. De cara a la sociedad deberá fundar y motivar debidamente la decisión que adopte, habida cuenta que también para México el caso tiene —y debe tener— gran significado político y judicial. Procede sepultar el dedo, pero no una larga historia criminal, solo posible por la incompetencia o colusión —o ambas—, también criminales, de algunas autoridades.

La “casualidad” que dio con el secuestrador no es algo insólito, frecuentemente se esclarecen así los delitos. Por ejemplo: una noche en un pueblo de los Altos de Jalisco me robaron pertenencias que tenía en mi automóvil, y a las 24 horas las autoridades me regresaron lo hurtado. Un cholo caminaba tranquilo al día siguiente en la calle, fumando un puro; el policía le dijo que ahí solamente yo fumaba esos tabacos y el interceptado regresó lo sustraído esa madrugada.

Lo grave en el caso del chileno es que tenía más de 10 años secuestrando, y las autoridades solamente hicieron acopio de información en una Base de Datos tan robusta como inútil. Abatir el secuestro requiere más que “casualidades” y taxistas espantados.