Sin rodeos

Lo sucedido y lo que vendrá

Una de las principales características de la democracia formal —o sea, la simplemente legal— es la INCERTIDUMBRE, tanto en los resultados de las competiciones por los cargos públicos, como respecto del comportamiento que tendrán los que accedan a ellos.

El caso reciente —y de consecuencias impredecibles— es el norteamericano: un millonario sinvergüenza y primitivo, hasta hace un año desconocido en el ámbito político y sin experiencia alguna de gobierno, recogió del bajo mundo de su país los sentimientos de odio contra razas, pueblos y gobiernos enteros, atizó el justificado descontento de sectores blancos, y poco ilustrados, por la situación económica que padecen, desafió a las grandes corporaciones económicas y financieras de Estados Unidos y del mundo, hizo alarde de su misoginia lépera y cobarde, mintió a placer, vomitó estupideces (como negar el calentamiento global) injurió, calumnió y amenazó a sus contendientes internos y a su partido, también a la señora Clinton, al presidente Obama y su gobierno... y arrasó con todo y con todos... y cuenta con la mayoría republicana en las dos cámaras legislativas. Hoy preside a un país dividido por el odio, pero el más poderoso de la Tierra, y puede oprimir en cualquier momento el botón que desate una nueva conflagración mundial. A eso suele conducir la democracia cuando es meramente formal.

Hillary obtuvo mayor número de votos ciudadanos, pero la fórmula como sufragan los estados le fue adversa.

Así se despejaron las primeras incógnitas: el presidente y el Congreso. Clinton y Obama felicitaron y se disponen a apoyar al elegido, actitud honorable y madura que servirá, además, para que los perdedores mantengan influencia real en el futuro que se le avecina a su país y al mundo.

Sin descontar que el RAYITO DE ESPERANZA GRINGO emprenderá acciones inmediatas, como el MURO DE LA IGNOMINIA, para no perder de la mitad de los electores el odio-apoyo que lo elevó y sustenta, pronto sabremos cuál será la distancia del gobernante sujeto a todo tipo de presiones —y amenazas— internas y externas, respecto del que fue candidato vociferante.

Existen al menos dos posibilidades:

UNA, que se repita —mutatis mutandis— lo sucedido en enero de 1933, cuando una elección democrática en Alemania llevó a Hitler al poder, apelando a la supremacía de la raza aria (“Alemania para los alemanes”) con un saldo de 5 millones de judíos asesinados y la invasión nazi a Polonia, en 39, que desató la Segunda Guerra Mundial.

OTRA, que las instituciones y grupos de poder de Estados Unidos y otros países impidan los atropellos ofrecidos a sus electores por el ahora “MISTER PRESIDENT”.

De lo que a México corresponde hacer con urgencia, próximamente le diré mi opinión. No debemos equivocarnos.