Sin rodeos

Con apátridas, ¡pobre México!

Mi reiterada defensa a nuestras fuerzas armadas me lleva a recibir comunicados de ciudadanos que admiran y agradecen el valor de los que dan por México todo lo que son.

Aquí, parte de la carta de un querido y respetado amigo:

La difusión del ataque a nuestro Ejército en avenidas de Culiacán, Sinaloa; observando el video difundido: carros incendiados, ruidos de metralla de armas poderosas y, luego, constatar el número de bajas —sólo de soldados— dio lugar a expresiones en el sentido de que los ciudadanos estamos perfectamente desprotegidos ante la delincuencia, y se percibe que no existe medida alguna para protegernos si a quien se le considera con capacidad, eficacia y honestidad en sus fines, nuestro Ejército, es objeto de ataque vil con resultados desastrosos. Es imposible, así, confiar en el gobierno.

Los delincuentes tienen la idea y la demuestran (hoy sienten que es cierto) que su estrategia, tácticas, armamento y poderío son superiores a los del Ejército; saben hoy que la población siente que está sometida a sus designios y que no tiene manera de defenderse; y se ufanan de que, con alevosía cobarde, perpetran ataques que aniquilan soldados, marinos y policías.

Todo ello provoca el sentir de los ciudadanos, de todo estrato social, de lástima por nuestro gobierno. Ya no es sólo de repulsión, no es únicamente de atacar y señalar errores, ni el grito angustiado de que nuestro gobierno actúe en tal o cual sentido.

En mala hora coincidió con el espectáculo autorizado por el jefe de Gobierno en la Plaza de la Constitución, donde Roger Waters encabezó el grito que exige la renuncia del presidente Peña, repitiendo la cantaleta mentirosa sobre lo que realmente sucedió en Ayotzinapa. Nada dijo de las deficiencias en el gobierno de quien consintió el espectáculo. Eso abonó a la desconfianza en nuestras instituciones y a la obsesión del que las ‘manda al demonio’.

El peligro radica en que el ataque a nuestros soldados se entiende como debilidad, casi en grado de anemia, del gobierno, y ese es el daño mayor que tenemos, tan grave que no se dice nada del débil y eso se traduce en lástima.

Si decimos que fueron los hijos del Chapo, lo elevamos a la categoría de non plus ultra.

Sobre esta carta, tres comentarios:

1) Después de sus injurias en el Foro Sol (28/sep.), no se debió autorizar al inglés su numerito en el Zócalo el 1 de octubre.

2) Forman parte de los apátridas los que envenenan a la juventud y matan soldados, marinos y policías.

3) No se es apátrida por criticar al gobierno, pero sí por corear las ofensas del hippie inglés.

En cualquier país se expulsa al extranjero que insulte al jefe de las instituciones, aquí se le entregó babeando una multitud jubilosa y estridente.

Con apátridas, ¡pobre México!