Sin rodeos

Por el México que no puede seguir así

Vuelve a quedar demostrado que impacta más la tragedia escandalosa, que miles si no hacen ruido; y que tiene más fuerza el hecho violento, que el virtuoso si es pacífico. Por eso estamos así.

Tres momentos de nuestra historia reciente, escritos con sangre:

1. Tlaltelolco 1968, a días de iniciar los Juegos Olímpicos, y con escándalo mundial, es considerado “parteaguas” en la vida nacional. Masacre que cambió para bien y para mal la relación entre gobernantes y gobernados. Si esos hechos ocurrieron como decimos sus testigos, y vemos lo que hoy sucede, se concluye que el “síndrome del 68” sacó del gobierno a los “gorilas” y éstos se diseminaron, con uniforme y metralleta, en el territorio nacional.

2. El levantamiento “neo-zapatista”, de hace 20 años en Chiapas, con gran escándalo nos recordó la situación infrahumana de millones de aborígenes, subyugados antes, durante y después de la Conquista, hasta nuestros días. Irrupción que con muertos y fanfarrias cambió la Constitución y las leyes, produjo muchos mea culpa y el incesante envío de miles de millones de pesos, que llegan incompletos y para poco han servido a los pueblos indígenas. Todo cambió, pero todo sigue igual.

3. El abominable crimen de hace dos meses en Iguala —seguido de manifestaciones aquí y en otros países, así como de actos vandálicos y rezos papales— provocó una movilización oficial sin precedentes, y la captura de 70 presuntos asesinos; “descubrió” delincuentes que todo mundo conocía; recordó asesinatos más numerosos —como el de San Fernando, Tamaulipas—, así como el aumento diario en la lista de miles de muertos y desaparecidos en la última década. Sin las protestas habidas, el expediente diría: “Se disputan territorio bandas delincuenciales”; ningún mensaje presidencial, y todos tranquilos.

Los hechos anteriores —y muchos más— revelan nuestra idiosincrasia y el nivel educativo y cultural que como pueblo tenemos. En efecto, nos mueve y conmueve la desgracia escandalosa y el horror a la muerte; no la ley, no el deber, no el honor, no los valores cívicos elementales para la convivencia. La memoria colectiva olvida pronto y perdona todo; pasada la tempestad solo queda el rencor de los desposeídos —precisamente por su marginación— y el egoísmo de los que debiendo dar, quitan; de los que pudiendo construir, destruyen, y de los que siendo aptos para sumar, restan y dividen.

Por eso, más allá de aciertos, errores u omisiones que se hallen en el mensaje del Presidente, lo virtuoso será tomarle la palabra, sin adulaciones ni diatribas, que son hijas de la mezquindad; lo importante es que todos ocupemos nuestras trincheras, que seamos más solidarios, más humanos, más unidos y comprometidos con México; que no haya “brazos caídos”, ni “francotiradores”.

Recordando que sin EDUCACIÓN no hay punto de partida, camino ni lugar para instaurar el Estado democrático de Derecho. Precisamente por la mala educación hay UN MÉXICO QUE NO PUEDE SEGUIR ASÍ. ¡Cuidado!, ya tenemos generaciones perdidas.