Sin rodeos

Merecedores de todo y víctimas de sí mismos /I

La idiosincrasia y demás peculiaridades de los pueblos se van conformando por su hábitat, sus historias (verdaderas y falsas) y sus procesos educativos; así se perfilan el ser y modo de ser de las naciones.

Eso explica los colores y morfología de las razas, el carácter y temperamento de los individuos y la diversidad de culturas. En México urge un impulso verdaderamente revolucionario en el ámbito educativo y cultural para superar los procesos de victimización que endémicamente padecemos.

1. Es evidente que la educación que recibimos da preferencia a los derechos frente a las obligaciones, perdiéndose el equilibrio que debe existir entre ambos valores. Por regla general nos consideramos con derecho a todo y sin deber nada a los demás; por eso las instituciones sociales se hallan en quiebra y todo es conflicto y pobreza.

2. Respecto de nuestra historia se puede afirmar que de la Conquista queda solamente el ultraje, ignorándose el encuentro de dos mundos, la fusión de sangres y la creación de la nueva nación. Y nuestras luchas sociales son consideradas como batallas de ángeles contra demonios, en donde los primeros fueron ahorcados y fusilados a pesar de no haber cometido delito alguno, y los segundos, marcados por crímenes y traiciones, fueron justamente eliminados. Por eso la proclividad del mexicano para asumirse, en el más puro maniqueísmo, víctima por siempre.

Pensemos en cualquier tema, por ejemplo en la reforma energética: en vez de prepararnos para aprovechar el nuevo modelo —que es aceptado en todo el mundo—, los sectores que se denominan “progresistas” exigen marcha atrás y nos advierten que el pueblo de México será irremediablemente víctima de un inmenso despojo. Mutatis mutandi la resistencia de la CNTE a la reforma educativa. ¡Que se pudran los más pobres!

Aprendamos de países que después de guerras y luchas internas supieron dejar atrás lo doloroso de su pasado y ocupan hoy primeros lugares; ahí están Alemania y Japón.

Solamente con buenos hábitos y buena filosofía superaremos obstáculos, seremos fuertes en la adversidad y comprobaremos que el trabajo honesto emprendido con talento y valor, con estudio y disciplina es lo que conduce a la felicidad. Lo demás es autoengaño.

Por supuesto que es deber ético reducir el abismo entre opulencia y miseria, y que no debemos cerrar los ojos ante millones que carecen de todo, sin embargo, atropellos e infortunios siempre existirán, y muchos que han nacido y crecido en la peor de las marginaciones, o padecido graves lesiones y minusvalías, son ejemplo de que se puede vencer la desgracia.

Tomar solamente lo bueno de la vida es negar la otra mitad de la naturaleza, que se impondrá inexorablemente.

Culpar de nuestro fracaso a otros, o llorar nuestro infortunio, es cobardía que nos arroja al inframundo del resentimiento, cayendo en el peor de los cautiverios, esto es: vivir como víctimas de los demás cuando somos, en gran medida, víctimas de nosotros mismos.

El poeta nos dice: “Procura, cuando caminas/ tomar la flor de las cosas/ que es sabio arrancar las rosas/ sin clavarse las espinas”.