Sin rodeos

Cosas veredes, mio Cid

Si nos hubieran dicho hace un mes que nuevamente se daría una masacre entre bandas delincuenciales, o un próximo abatimiento de más narcotraficantes por enfrentarse al Ejército, nos habría parecido normal. Durante años ese ha sido nuestro amargo pan de cada día.

Pero si nos hubiesen dicho que militares fusilarían en Tlatlaya a una jovencita y hombres ya desarmados, y que policías, después de asesinar a estudiantes, levantarían a 43 más para que sicarios, al mando del presidente municipal, los incineraran (quizá vivos), nos habrían resultado inverosímiles esas depravaciones.

Nadie hubiera anticipado, por absurdo, que Cuauhtémoc Cárdenas y un grupo de los suyos, por sumarse a la protesta ante la desaparición de los jóvenes, serían considerados asesinos y escaparían lastimados, injuriados, escupidos y zarandeados.

¡Pues todo eso ya sucedió! Y los hechos indican que lo peor está por venir. No agrada decirlo, pero más nos vale a la sociedad y al gobierno enfrentar con entereza ese desafío luchando unidos en favor de la paz.

Nadie está exento de padecer la barbarie, y de nada servirá resignarnos a sobrevivir atribulados y a merced de los violentos.

Hay que reiterar, cuantas veces se pueda, que la inseguridad afecta a la sociedad en su conjunto, pero sus mayores estragos siempre serán, de manera axiomática, en agravio de los más pobres; son ellos los más indefensos. Aproximadamente 60 mil asesinados y desaparecidos lo comprueban.

Ya hemos dicho también que esta descomposición social es consecuencia del egoísmo y las claudicaciones que secularmente han definido la vida de muchos mexicanos. El resentimiento de unos y los abusos de otros están incendiando la pradera.

De ahí la lección que después de su precipitada salida dejó Cuauhtémoc, al minimizar la injusta agresión que sufrieron y asegurar que seguirá luchando por los ideales en los que cree. ¡Solamente así se es auténtico ciudadano! ¡Solamente unidos en lo esencial lograremos el bien ser y el bienestar de toda la nación!

Ese incidente me recuerda un episodio vivido hace 20 años, cuando contendía por la Presidencia de la República: ante miles de universitarios en la UNAM, docena y media de mozalbetes me lanzaron huevos, lo que me hizo espetarles que con esos huevos jamás se salvará México, al tiempo que recordé a la multitud, en palabras del Quijote, que las heridas que se reciben en campaña antes dan honra que la quitan.

El rencor que anida en el corazón de unos lo han causado sus propios vicios y debilidad, así como la soberbia, el egoísmo y la ambición desordenada de otros. Hoy el dolor y la desesperación acongojan a todos, por eso nadie debe soslayar el deber de unificar esfuerzos en favor de la concordia, la justicia y la paz.

ADENDUM. No es momento de juzgar a Bejarano, pero sí de que él y su familia reciban protección, sin solicitud de por medio.