La “pasión nacional” le ganó a las protestas en el "país do futebol"

Una semana antes del inicio del Mundial Brasil 2014, el presidente de la FIFA se manifestó convencido de que las protestas populares contrarias al certamen deportivo cesarían a partir del inicio de la cita. “Tengo la certeza de que cuando sea dado el puntapié inicial, todo el país estará apoyando al futbol”, sentenció Joseph Blatter.

El tiempo le dio razón al suizo. Según un balance basado en datos policiales y de los propios movimientos sociales, en los 12 primeros días del Mundial de Brasil hubo una reducción de 39 por ciento en el número de manifestaciones respecto a los 12 días anteriores a la apertura.

Los expertos barajan un gran abanico de hipótesis para explicar el retroceso en la efervescencia social que sacudió Brasil durante la Copa Confederaciones del año pasado y generó temores a un caos durante el Mundial de futbol.

Para evitarlo, el gobierno de Dilma Rousseff invirtió unos 870 millones de dólares para armar el mayor esquema de seguridad de la historia de los Mundiales de futbol, que moviliza a unos 170 mil agentes policiales, militares y privados, apoyados por equipos de tecnología de punta.

Ante la realidad de las primeras dos semanas de partidos, la preocupación parecería haber sido excesiva, para decepción de los líderes de los grupos anti-Mundial.

“El año pasado, teníamos una demanda muy objetiva, la de rechazar un aumento en las tarifas de los autobuses. Este año no había una demanda específica”, afirmó Lucas Oliveira, quien integra el Movimiento Pase Libre (MPL) de la ciudad de Sao Paulo, que inició la ola de protestas en la Copa Confederaciones 2013.

El respetado analista político brasileño Clóvis Rossi opina, por su parte, que la principal causa de la “tregua” en las protestas es “la inutilidad, ahora, de cualquier protesta contra la Copa”: “El lema ‘No va a haber Copa’ quedó desactualizado, ahora que sí hay Copa, para bien o para mal”.

Además, Rossi destacó que las fuerzas de seguridad ocuparon un perímetro de 3.5 kilómetros alrededor de los estadios, lo que quitó visibilidad a los actos anti-Mundial: “Ello impide que las protestas sean escuchadas y, si no son escuchadas, no tienen la más mínima importancia”, asegura el columnista del diario Folha de Sao Paulo.

Pero Rossi admite que “la pasión por el futbol” también tuvo su peso en el fenómeno, algo que se puede confirmar en el complejo de favelas de Maré, en la ciudad de Río de Janeiro, donde toda la comunidad sigue con entusiasmo los partidos de Brasil en “su” Copa del Mundo.

“Nosotros estamos de acuerdo con las protestas, con todo lo que ellos cuestionan, los gastos excesivos, la corrupción. Lo que pasa es que amamos el futbol, estamos locos por el futbol”, asegura Rodolfo, un habitante de la barriada, de 28 años, en una frase que deja en claro que, para los brasileños, el futbol no es un deporte, sino una religión.

Pero la activista Sandra Quintela, de la Articulación Nacional de los Comités Populares de la Copa, no está tan de acuerdo al sostener que la dura represión policial fue lo que frenó la ola de manifestaciones: “Éste es el gran legado de la Copa: la militarización”.

Para el politólogo Leonardo Barreto, la violencia —y no solo de la policía, sino también de los anarquistas conocidos como black block que intervienen en las manifestaciones— ahuyentó de las calles a gran parte de los que participaron en las protestas del año pasado: “La gente tiene miedo”.

Pero ello no significa que la tensión social haya desaparecido en el territorio del inmenso país sudamericano. Tras ser abucheada e insultada por el público en el partido de apertura del Mundial entre Brasil y Croacia, Dilma Rousseff no volvió a aparecer en los estadios —ni siquiera cuando Brasil jugó en “su” ciudad, Brasilia— y optó por seguir los partidos por televisión y comentarlos por su cuenta de Twitter.

Además, queda la incertidumbre sobre qué pasará si hay una exclusión prematura de la selección brasileña de la disputa por el título.

“Si Brasil es eliminado, tiende a aumentar la exasperación general, que ya es grande. Pero no creo que las protestas estén vinculadas al futbol propiamente dicho, ni al fracaso o al éxito de la situación, sino que tienen que ver con la difícil vida diaria de la gente, en especial en las grandes ciudades”, afirma Rossi.

También el ex vicecanciller brasileño Marcos de Azambuja asevera que el éxito o el fracaso de Brasil en “su” Mundial no afectará el escenario de las elecciones generales del cinco de octubre próximo, en las que Rousseff buscará la reelección presidencial, y cuyos sondeos la marcan como favorita.

“El gobierno gastó mucha plata con la organización (del Mundial), con base en la creencia de que el futbol era aún el centro de la vida nacional. No lo es. Es una cosa que genera un placer inmenso, pero Brasil tiene otra agenda”, expresa el diplomático.

Y agrega: “Hoy, hay una separación entre el estado de ánimo del país y los resultados del futbol”.