Sin titubeos

El túnel de la ignominia

La segunda fuga del narcotraficante Joaquín Archivaldo Guzmán Loera (a) El Chapo, tiene que asumirse con toda la seriedad que requiere el caso, más allá de filias o fobias hacia el gobierno, y sin que esto signifique censurar o renunciar a uno de los deportes más ácidos de nuestra idiosincracia, como es el humor, muchas veces hiriente.

Al pasmo inicial debe seguirse una actuación que, con sanciones contra quienes resulten responsables, devuelva la confianza al aparato de justicia que ha quedado en deuda en otros muchos casos, pero especialmente en éste.

La razón es que los centros penitenciarios federales no eran visto con la fama de que gozan los estatales, generalmente dominadas por grupos delincuenciales al interior con el consabido tráfico de drogas, privilegios y demás.

Los penales de máxima seguridad suponían que un enemigo social no haría de las suyas, como sucede con bastante frecuencia en otras prisiones, y que cumpliría su condena de cabo a rabo. Pero eso fue pulverizado, no obstante los recursos millonarios destinados al sistema penitenciario al que, este año, se presupuestaron más de 17 mil millones de pesos.

Asimismo, a la sorpresa se debe dejar atrás la apología en torno de un sujeto que buena parte de su vida la hecho al margen de la ley. Quebranta el tejido social con la venta de drogas y vulnera la tranquilidad social al utilizar la violencia como recurso para conformar su cártel criminal.

El túnel representa la ignominia de una justicia, incapaz de mencionarse con todas las letras, y la fuga pretender seguir desafiando a la autoridad, con todas las secuelas que esto va a dejar entre la sociedad misma.

No se hable de ajustes de cuentas contra quienes han combatido al ahora fugitivo, incluidos cárteles rivales que le disputan el mercado y sus sanguinarias represalias.

No es nada más eso. Si así fuera, no pocos se mostrarían complacidos porque entre enemigos sociales se acribillarán, pero hemos visto que inocentes también son arrastrados en esa batalla; además, es el daño institucional, pero también el perjuicio es social, de jóvenes y niños que no han acabado de formarse y que son víctimas de los venenos que se venden de manera impune en las calles.

Esto no es para mover a burlas. No es gracioso ver que los cárteles se apropian de las calles, con drogas y sangre de seres humanos.

Debe seguir la exigencia de la recaptura de este criminal y el castigo a quienes facilitaron su huida; no se puede permanecer indiferente ante el daño y no exigir la reparación cabal del sistema penitenciario, además de demandar que se revise con lupa todo el aparato.

Por nuestro propio bien hay que hacerlo, de otro modo estaremos siendo cómplices también de un hecho criminal y de todo lo que lo rodea. De no hacerlo, estaremos cavando todavía más nuestro propio túnel, nada edificante del que permitió la fuga del criminal.