Sin titubeos

El pasivo más pesado

En materia de recursos energéticos México no puede permitirse ver pasar otro siglo en medio de saqueos, prevaricaciones, despilfarros y, principalmente, corrupción e impunidad. Parte del siglo XX se movió en los terrenos más fangosos, tanto del lado de los adeptos al libre mercado como de los partidarios del Estado.

Si tras la expropiación cardenista salieron a relucir métodos sucios y abusivos de grandes firmas, el manejo oficial compitió a la par, sobre todo por las concesiones que otorgó a dirigentes sindicales que dejaron huellas de la corrupción, con apuestas en casinos de Las Vegas de hasta 800 mil dólares en un solo tiro, como se dice que hicieron Salvador Barragán Camacho y Joaquín Hernández Galicia (a) La Quina.

A pesar de la abundancia en recursos petrolíferos, estamos lejos del manejo que han hecho otros países, donde la renta sirve no sólo para tener al día a su industria, sino para promover el desarrollo social y humano. Noruega es un escupitajo en plena cara para aquellos que creen que "fuera del Estado o del capital sin controles no hay salvación".

Hoy mismo se ve hasta dónde llegan esas prebendas para beneficio de dirigentes inescrupulosos, fuera de toda proporción. La reforma propuesta y aprobada en el sector, golpea precisamente en esa franja.

Pero de nada servirá acabar con monopolios, en este caso estatal, ni diseñar las mejores leyes y reglamentos, si en esto no se asume la deuda histórica que impide al país competir en indicadores de progreso y desarrollo con otros, también productores de petróleo: el compromiso por darle un manejo limpio, transparente y adecuado a un bien absurdamente dilapidado.

Esa gran deuda -un verdadero combate a la corrupción y a la impunidad- ha generado los momentos más deleznables no sólo en el rubro de energéticos, sino en casos como la Línea 12 del Metro, el irreflexivo monumento Estela de Luz; el Pemexgate y un larguísimo etcétera de saqueo que no cabría siquiera en un reducido compendio.

Ese ha sido el problema: todo sucede pero al final queda igual, como si nada ocurriera. Los cargos sobre servidores públicos terminan por difuminarse o son llevados a la mesa de negociaciones políticas, en un interminable intercambio de encubrimientos para favorecer la corrupción.

Creo que otro gallo va a cantar con la reforma, por ejemplo, en el caso de la producción y conducción de gasolinas y gas. No veo a particulares abriendo boquetes para robarse el energético, ni cruzados de brazos a la espera de que los delincuentes confiesen sus fechorías.

Aunque tampoco se les puede otorgar una aureola de pureza ya que en todos lados se cuecen habas, hasta ahora sólo conocemos las que se han cocinado en la parte oficial-sindical, cuyo actuar se ha cargado a los bolsillos de los ciudadanos.

Lo mismo acontece con la reforma de telecomunicaciones. Qué bueno que se busque que haya más participación y que, igual que con Pemex, se procure la diversificación, aunque las concesiones deben hacerse sin beneficiar a nadie, sin cargar los dados, y siempre pensando en el beneficio del consumidor.