Sin titubeos

Contra la narcopolítica

Uno de los rasgos más benéficos que ha arrojado la alternancia y la pluralidad en la dinámica de una democracia como la nuestra es que, a diferencia de otras épocas, muchos actores políticos han incursionado a la actividad no solo como espectadores. La oportunidad de llegar al poder público no es espejismo.

Saludable desde el punto de vista de una mayor inclusión, sí, pero los colores partidarios no han hecho diferencia de temas añejos y graves problemas, especialmente corrupción e impunidad. Y es este fenómeno el que se ha diversificado, siendo más una regla que una excepción. El desencanto ciudadano es generalizado y no apunta a un solo instituto político, hay capítulos de sobra conocidos, algunos muy escandalosos.

Ahora, cuando están en juego una decena de gubernaturas y una buena cantidad de alcaldías y diputaciones locales en diversas entidades, las dirigencias de las principales fuerzas políticas se acusan mutuamente de tener nexos con el crimen organizado, especialmente el narcotráfico, lo que, de ser cierto, tendría que ventilarse en un juzgado y no en los medios de información.

Es un tema en el que los partidos políticos deben mostrarse cuidadosos porque un día, y otro también, se difunden conexiones políticas con cabecillas de bandas delictivas.

Así ha sido de un tiempo a la fecha. Todo indica que no es por simple retórica el hecho de que propongan reglas para blindarse de quién sabe qué capos y organizaciones criminales y, al final, por omisión o por complicidad, no pocos de los postulantes y sus candidatos resultan involucrados.

El caso más grave y el de mayor resonancia ha sido el que llevó a la desaparición de 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Y tras este episodio, los que expresaron adhesiones y apoyos a los que urdieron o formaron parte de la trama se desmarcaron y desentendieron de su responsabilidad política.

Eso no debió suceder, ni debe ocurrir nada parecido en el futuro. Hay mucho de verdad cuando se habla de los "poderes fácticos", esos que no están al frente de una responsabilidad pública derivada de alguna designación o proceso electoral, y uno de ellos es el crimen organizado en su vertiente de tráfico de drogas, el cual ha dado pruebas de cooptación social, política y económica, tanto por las buenas como por las malas.

La clase política, más alicaída que nunca, blanco de desprecio ciudadano, debe asumir su responsabilidad en este asunto y cerrarle las puertas en forma enérgica a cualquier desviación.

Si no es aceptable la corrupción ni la impunidad, ni alimentar una cultura de narcopolítica fundada en la complicidad y en la omisión, menos de "acuerdos cupulares" ni de "narcoburbujas". La gente se los va a cobrar.