Sin titubeos

Entre lo deseable y lo imposible

Visto de una manera amable y sin sorna, a muchos nos gustaría que los señores de los cárteles del narcotráfico no tuvieran que dirimir sus diferencias a punta de metralleta y que, de menos, surgiera por ahí algún talento mafioso que, como el Vito Corleone de la película, propusiera que la razón presida todos los actos.

Pero estamos lejos de situaciones como esas. Lo claro es que cuando unos sujetos deciden colocarse la cruz en la frente unos a otros, no hay poder humano ni celestial, con todo y la religiosidad que algunos de ellos presumen, que impida el correspondiente baño de plomo.

En esta parte, pedirle a cualquier gobierno que salga y clame: !no se maten, por favor!, sería un mal guión. Es pedir lo imposible.

Eso sí, la autoridad, además de recoger los cadáveres y entregarlos a los familiares, está obligada a investigar y sancionar a los asesinos, a no dejar que anden por ahí buscando nuevas víctimas, pero más no podría hacer si, repito, la suerte ya se ha marcado por los bandos criminales.

Llevamos más de siete años viendo en el país escenas día tras día, con miles de muertos, y donde los supuestos investigadores de esos homicidios, o se encogen de hombros o concluyen el expediente con: "era narco".

Y esto por un hecho que casi no se ha mencionado pero que es fundamental en toda esta carnicería: las familias de los ejecutados no protestan, no presionan para las investigaciones. Y no hace falta entender para concluir la razón de ello, inmersa como está buena parte de la sociedad en una narcocultura de exportación.

Porque en todo este tiempo, muy pocos casos han despertado la indignación de los familiares de las víctimas. Que se recuerde, eso sucedió en el norte del país, con los "daños colaterales" contra unos estudiantes. En el recorrido de balas permanentes, con su nutrida carga de sangre, el silencio ha sido sepulcral, igual que las acometidas de los sicarios del crimen organizado.

Es cierto que en alguna medida la familia como núcleo fundamental de la sociedad, ha incubado a una gran cantidad de asesinos. Lo vemos.

Pero detrás de este relajamiento de la antes rígida base social se quiere eludir un enorme espacio de abandonos gubernamentales, que sin duda han modificado de manera importante lo que antes era un pilar de buenos ciudadanos.

La familia dejó de ser lo que era, tanto en las formas como en su esencia, pero no se han creado opciones suficientes ni efectivas para cubrir esas transformaciones.

De entrada, los padres ya no están con sus hijos porque ambos deben trabajar y, aun así, los salarios ya no alcanzan ni para comprar un kilogramo de limón.

Y en la educación, se sigue el viejo esquema de buscar crear bibliotecas ambulantes con chip integrado, antes que seres capaces de pensar y comprender su entorno. Este rubro, que tendría que ser un espacio no sólo para acceder al conocimiento sino para el fomento de valores, que no sustituto de la familia, está desperdiciado entre la burocracia de comisionados y manuales caducos.

En tales condiciones, es imposible esperar que resulten buenos ciudadanos cuando se trabaja en la formación de autómatas, repetidores de efemérides y de fórmulas.