Sin titubeos

Un ardid encubridor

Abiertos varios frentes de manera súbita, lo que menos puede hacer la sociedad y el gobierno es convertir esto en un estadio lleno de gritos donde cada cual jala por su lado. Los problemas están ahí, nadie puede ni debe negarlos, pero es peor no querer verlos en su dimensión y ponerles la solución adecuada.

El caso de los normalistas desparecidos de Ayotzinapa, uno de los cuales ya fue identificado y desafortunadamente se suma a la lista de víctimas que han sido blanco de las bandas criminales que operan en el país, poco a poco se debe resolver.

Nada le va a devolver la vida al alumno identificado ni va a aliviar el dolor generado a sus familias, legítimamente indignadas, molestas, por la entrega de los estudiantes a un grupo criminal por parte de una autoridad municipal coludida con el crimen organizado, irritación a la que se han sumado diversos actores locales e internacionales con toda razón.

En toda esta situación, antes el gobierno no ha recurrido a la sobada maniobra de fabricar culpables, de inventar supuestos, para sacudirse un problema que ha dejado cicatrices profundas, muy difíciles de cerrar.

Poco a poco, las investigaciones periciales empiezan a arrojar resultados, lamentablemente en contra de las exigencias de encontrar con vida a los estudiantes.

Pero varios de los autores de esa atrocidad -recuérdese que murieron cinco en los hechos, y otros lograron sobrevivir- tanto intelectuales como materiales, están ya en manos de las autoridades, sometidos a un proceso penal, del cual se espera que resulten sancionados en forma ejemplar.

Un ex alcalde ya está tras las rejas, igual su esposa y varios sicarios miembros de un grupo criminal también; paulatinamente el caso está en el ámbito donde debe estar: en el de la justicia.

Que falta deslindar muchas responsabilidades, tanto legales como políticas, es un hecho. Los que, por ejemplo, exacerban a algunos grupos sociales para pedir la renuncia del presidente Enrique Peña Nieto olvidan que fueron ellos los que postularon y respaldaron al presunto autor intelectual de la masacre, buscando así descargar la parte que les corresponde.

Que hay muchas cosas que exigirle al presidente Peña -la situación económica y todavía, la inseguridad-, no hay duda, pero de eso a pedir su renuncia es simplemente un ardid encubridor para no responder por actos propios, y esto apuntan al respaldo cómplice de una candidatura que mínimamente debió ser investigada. Ahora se sabe que ni siquiera se atendieron los avisos en ese sentido.

Poncho López

En las giras del entonces gobernador Ignacio Pichardo Pagaza lo conocí. Nos hicimos amigos. Nos cuidaba a los reporteros. Estaba pendiente. Nos llevaba y nos traía, siempre seguros. Recordaremos también al bohemio: Al enorme Poncho.