Sin titubeos

Juan Pablo II, político y religioso

Salvo por el mal entendido "estado laico", que significa respetar la autonomía de cada cual frente a determinado dogma, de siempre se ha sabido que son escasos los políticos que no le rezan a Dios -y a veces al mismo tiempo al diablo- y son raros los religiosos que no hacen política.

Encarnación pura de una mezcla no tan extraña, es la de Tomás Moro, político humanista que dejó la isla de Utopía para los corazones ubicados a la "izquierda" pero luego fue entronizado por la derecha: primero lo beatificaron en 1886 y luego lo canonizaron en 1935.

Santo y mártir, héroe de cristianos, Moro además es patrono de políticos y gobernantes, según la proclama del 31 de octubre de 2000 por parte del ahora "santo" Juan Pablo II, realizada por petición de jefes de Estado y parlamentos.

Al teólogo, político y escritor inglés le sobran lectores, fieles y émulos, todo lo contrario de san Juan Pablo II, al que se conoce más por lo mediático que lo intelectual, así como por sus peripecias en asuntos delicados que pusieron a la Iglesia en serios predicamentos, como el caso de la pederastia.

Para equilibrar las cosas, otros asuntos encabezados por el Papa de origen polaco, elevaron a esa institución a liberadora de totalitarismos, como su decisivo combate a las reminiscencias del comunismo en Europa, mismo que concluyó con la caída del Muro de Berlín, en 1988, y después con la apertura de la ahora ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, con sus Glásnost y Perestroika, cuna de fortunas mal habidas.

A eso se debe que tanto partidarios de la Teología de la Liberación como alguna gente de "izquierda", más bien vea a Karol Wojktyla como la encarnación del mismísimo diablo antes que la figura de un santo.

Reducido el mundo cada vez más, Juan Pablo II no dudó en echar mano de los medios de información para sus propósitos, pastorales y políticos. Aunque llegó a censurar el papel de la televisión en la formación y educación de niños y jóvenes, no dejó de utilizarla para promover a su iglesia y ampliar y remachar su activismo.

Se podría decir más de la doble faceta de Juan Pablo II como jerarca religioso y como un dirigente político de tiempo completo.

Pero un asunto, creo, es el que, canonizado y todo, no se podrá dejar de remarcar: la pederastia al interior de su iglesia y, principalmente, en el caso de Marcial Maciel , fundador de Los Legionarios de Cristo, al que puso como ejemplo de la juventud mientras le infligía graves daños.

Este asunto, además de implicaciones políticas y religiosas, tuvo también efectos en el ámbito económico -por tanto empresario patrocinador de esa agrupación religiosa, los cuales terminaron chocando con la jerarquía católica en defensa de su guía espiritual, socio o lo que haya sido- y también en el educativo -por las escuelas a cargo de esa congregación-, así como entre la feligresía.

Lo principal es que, a pesar de las denuncias, no se hizo nada para salir a defender la dignidad humana, para sancionar a quien se dedicó a ello casi de tiempo completo. Y supuestamente nadie lo sabía. Lo demás es asunto político y religioso, pero esto es humano. Caló y sigue calando, según las reacciones tras la canonización.