Sin titubeos

Después del “Chapo”

No siempre un hombre "Forbes" podrá ser visto esposado y reconducido a prisión mediante un despliegue de fuerzas militares como sucedió con Joaquín Guzmán Loera, el llamado "Chapo". Y no es que en el top ten de la publicación no haya "material" para ello. Lo que pasa es que también en las altas esferas del crimen hay "clases" y éstas, según parece, se determinan con base en la ley.

Es de reconocer que la detención de un capo que mereció "distinciones" que sólo alcanzaron celebridades tipo Al Capone -enemigo público número uno en Chicago, nada menos- es un buen golpe del gobierno federal, más allá de los resquemores que han arrancado con lo aterciopelado del asunto: ni un solo disparo cuando se suponía que el de Badiraguato disponía de un muro de sicarios dispuestos a arriesgar la vida a la menor provocación.

Muchas dudas, pocas respuestas, lo cierto es que el Chapo, inspiración de narcocorridos y mitos populares, volvió a la cárcel.

Al margen de especulaciones de corte político-mafioso, de "telenovelas" confeccionadas al gusto para captar audiencia o lectores, la pregunta que debe formularse y responderse es: ¿y ahora qué hacemos con las drogas?

Ésta se funda en la evidencia de que por más narcotraficantes que han estado en prisión, producción y distribución, no tanto consumo, se han incrementado. Las dimensiones del corporativo "Chapo" Guzmán, con sus redes locales e internacionales, su inclusión en el cuadernillo Forbes, lo remarcan.

Desde mediados de la década de los 80's los más renombrados narcotraficantes cayeron de la gracia protectora y llevados a cárceles de alta seguridad, pero lo que sucedió fue que el negocio se diversificó, tanto en sus agrupaciones como en sus actividades, estableciendo feudos regionales, cotos de poder locales que infiltraron a las instituciones.

A la venta de drogas y el trasiego, se sumaron secuestros, robos, trata de personas, etc., y nada de eso se redujo con Ernesto Fonseca (a) Don Neto o Rafael Caro Quintero en la cárcel. Una revisión, no permite concluir de otra manera.

Por eso la pregunta de qué hacer con las drogas, catapulta para la comisión de otros delitos (tráfico de armas, lavado de dinero) amerita algo más que la cantinela prohibicionista que se devana los sesos asegurando que "matan", de ahí su penalización.

Con esa lógica de pueblo sumido en la superstición no es posible remediar nada y si de eso se trata, ya tendrían que retirar del mercado fármacos puros o componentes de otras mezclas que también matan, son nocivos para la salud, pero cuya venta se tolera con el perfil más inmoral de la moral, que es la santurronería presentada como una política pública.

Bien que refundan a los criminales -lo que se debate pagar por su manutención sale más barato a que estén en circulación en las calles-, pero la solución al problema no puede continuar sujeto a visiones pueblerinas, parapeto de crímenes, negocios ilegales por el prejuicio, como en su momento lo fueron las ventas de alcohol y hasta de cigarros. Hay que trascender las rejas de los delincuentes, pero más las propias.