Sin titubeos

Despojados de inocencia

La situación de la niñez es cada vez más dramática. Si no son explotados en calles o en trabajos mal pagados, son víctimas de familiares que los golpean hasta el desmayo. Si no se van solos de migrantes, son carne de pedófilos o de seudoinstituciones de asistencia.

Son, para decirlo suave, parte del nuevo "rostro" de la inocencia, dicho más bien con la formalidad del uso de un término que con el imperativo de una descripción ya que es claro que no corresponde a la realidad.

De poco sirve elaborar y decretar leyes para brindar protección y garantizar el desarrollo de un sector vulnerable, si en cada momento nos enteramos de nuevas situaciones que van contra todo lo que debería observarse.

El Estado ha abdicado de su misión, pero no sólo incluye a autoridades, sino también a ciudadanos, y uno quisiera no tener que parafrasear las letras bluseras de Alex Lora, cargadas de denuncia social, más allá de una simple crónica, pero de un tiempo a la fecha nunca ha sido más atinado que proclamar que todos esos niños simplemente no conocen el amor.

Es una paradoja que un sistema político y económico cuyo uno de sus signos es la "asistencia social", no cuente con los dispositivos para cubrir un sector con las necesidades que requiere y opte por dejar en otras manos esas labores.

Porque por más buenas que pudieran ser las intenciones para brindar protección y cobijo a los menores, es de una grave irresponsabilidad de autoridad y familias no vigilar que cumplan con mínimos básicos y evitar situaciones de riesgo.

Desentenderse sin más es lo que ha provocado el cuadro que hemos presenciado.

Promovemos una paternidad responsable y se ve lo contrario, con seres echados al mundo para ser vejados, golpeados, humillados, despojados de su dignidad e inocencia. Los nuevos modelos de "familia", por muy respetable que sea la decisión que ha dado lugar a ello, no son tan respetables en resultados.

Antes no se permitía a menores en trabajos "formales", y su ocupación le era una manera de contribuir a su formación, con labores domésticas, como persona responsable. Muchos han cruzado en la oscuridad esa etapa.

Peor es el relajamiento que ha permitido la actuación impune de bandas de pedófilos y tratantes de niños. Secuestran vidas que no terminan de formarse pero ya están en las filas de la explotación.

A eso se suma la estrujante escena de niños que, solos, se aventuran a otros países en busca de lo que su hogar y su nación les han negado.

¿Qué se puede esperar de un país cuyas autoridades y familias han perdido el sentido de responsabilidad en una misión que impone procurar y lograr el desarrollo pleno de la niñez? Parte de ese futuro ya lo vemos. A muchos les han robado una etapa de la vida del modo más condenable: enviándolos a las filas criminales cuando apenas han tenido acceso a una instrucción escolar, a un abrazo o a una muestra de cariño.

No hay quien los proteja ni los defienda. El mundo intelectual no parece muy interesado en ello... Salvo el pastoso tono blusero del cronista urbano de la miseria y sus miserables.