El genio del país de la guerra sin fin

García Márquez, muerto este jueves 17 en México, no llegó a ver a su país en paz. Ojalá los colombianos no tengan que esperar otros 50 años.

La primera vez que leí a Gabriel García Márquez fue frente a las pruebas de galera de Relato de unnáufrago que Editorial Sudamericana se aprestaba a reeditar en Argentina.

Estaba en los talleres de Sudamericana, en el barrio porteño de San Telmo, donde tanto me tocaba corregir una novelita gótica como un clásico de la literatura o una obra de la poeta Alejandra Pizarnik, así de variado era el menú.

Yo tenía 17 años y quedé fascinada por ese relato breve, un reportaje periodístico que García Márquez había publicado en varias entregas en El Espectador de Bogotá, en 1955, y que en 1970 fue llevado al libro.

Detrás de la peripecia personal del sobreviviente, en primera persona, García Márquez denunciaba que el naufragio del marino y de otros siete compañeros que murieron se debió al excesivo contrabando que llevaba el buque destructor Caldas, de la armada colombiana.

El país estaba por entonces bajo una dictadura militar, así que la denuncia terminó con la clausura del periódico y el primero de los varios exilios del periodista. El último fue en 1997. García Márquez nunca volvió a vivir en Colombia.

De allí, por supuesto, salté a Cien años de soledad, la obra maestra que la misma Editorial Sudamericana le publicó en 1967 y que iba a revolucionar la literatura en español y a influir en la imagen y la configuración cultural que el resto del mundo tendría de América Latina.

Los latinoamericanos caímos rendidos de amor, y de espanto, por la Colombia que García Márquez describió en esa y otras grandes ficciones.

La crueldad de sus guerras, la soledad de sus héroes, las patéticas volteretas de sus políticos y militares, la eternidad de sus dictadores, la ominosa presencia extranjera, el abandono de sus pueblitos rurales, todo tenía el realismo de lo sentido en carne propia y, siendo único, se parecía también a lo que pasaba en tantos rincones de la región.

Pero en la voz de García Márquez adquiría otra dimensión, onírica, exuberante y humorística que nos transportaba como lectores y nos permitía reflexionar sobre nuestros males hasta con cierta alegría.

Cuando corregía las pruebas de Relato de un náufrago yo todavía no sabía que iba a ser periodista.

Muchos años después, en 2007, viajé a Colombia como tal y tuve oportunidad de conocer la tierra que había vislumbrado a través de los libros de García Márquez.

Pude ver que la guerra continuaba, impertérrita, cambiando de protagonistas y de centros neurálgicos, pero con igual reguero de sangre y la misma constante del despojo y del abandono.

Desde 2012, las autoridades de Colombia y la principal guerrilla de ese país están discutiendo en La Habana cómo poner fin al último medio siglo de guerra.

García Márquez, muerto este jueves 17 en México, no llegó a ver a su país en paz. Ojalá los colombianos no tengan que esperar otros 50 años.