La discapacidad

Francisco Javier Fonseca Benítez

El 21 de marzo se celebra el Día Mundial del Síndrome de Down y a propósito de esta fecha comparto con ustedes la siguiente experiencia: desde hace algunos años mis hijos tienen la oportunidad de convivir en la escuela con niños con discapacidad, como parálisis cerebral y síndrome de Down.

Para mí fue sorprendente la naturalidad con la que ellos tratan a sus compañeritos porque no hay diferencias, ni en la clase ni en los juegos, todo se trata de igualdad. Los niños tienen por naturaleza la inquietud de preguntas como: ¿por qué está así mi amiguito?, ¿por qué no puede correr?, y los adultos regularmente reaccionamos de manera negativa ante preguntas directas y evadimos las explicaciones pensando, de manera incorrecta, que la persona con discapacidad se siente incomoda o agredida con esos cuestionamientos.

Algunos papás intentamos que nuestros hijos sean más discretos al tratar estos temas; sin embargo, según los psicólogos, lo mejor es tratar el tema de frente, tanto con la persona con discapacidad como con nuestros hijos, así las personas con discapacidad pueden hablar libremente sobre su condición.

Importante sería que dedicáramos este día a hacer un ejercicio sobre cómo es la vida de una persona con discapacidad. Hace muchos años, a su servidor le tocó jugar a la gallinita ciega, un juego bastante ilustrativo sobre cómo es la vida de una persona ciega; se trataba de que un niño se tapaba los ojos y los demás debían huir de él, la gallinita ciega (niño con los ojos tapados) trataba de alcanzar a alguno de ellos con sólo seguir el sonido de su voz.

Realizar un ejercicio como el anterior permitiría ver lo difícil que sería desplazarse, por lo menos dos o tres cuadras alrededor de la casa. ¿Cuántas rampas para silla de ruedas se encuentran? o ¿cuántas harían falta?, esto no lo pensamos porque en la familia o círculos cercanos no existe una persona con dichas necesidades.

Por consiguiente, una de las mayores cualidades del ser humano es la empatía, que es la capacidad del ser humano de sentir la alegría o pesar de otro, sin importar si se trata de nuestra familia o no. Gracias a esta cualidad, la humanidad ha crecido moral y espiritualmente. Usemos nuestro poder empático para mover a esta sociedad, evolucionar y otorgar un trato digno, respetuoso e igualitario.