Somos cifras

Adriana Reyes Lara

Las dependencias oficiales, guste o no y estemos de acuerdo o no, están para destacar éxitos, adornar informes con cifras. Muy pocas veces evidencian fallas.

Desde el tema que optemos, los números revelan nacimientos o decesos de un año, un mes, una década; si aumentó el embarazo adolescente o de alto riesgo; el crecimiento en la producción agrícola o industrial, o su descenso. Al fin cifras.

Somos parte de una estadística, muchas veces sin ser consultados; si no, basta preguntar por casos de mujeres que al momento de dar a luz en hospitales públicos son sometidas, sin consentimiento, a intervenciones para no tener más hijos y formar parte de datos exitosos sobre planificación familiar.

Pero a veces la visión obtusa impera en este afán de mostrar cifras positivas. Sin menospreciar algunos beneficios, los programas sociales, con todo y su objetivo "favorecedor", también ejercen presión a beneficiarios para que, voluntariamente a fuerza, formen parte de numeralia oficial.

Condicionamiento, en palabras directas.

Quienes reciben Prospera están obligados a asistir cada mes a los centros de salud a pesarse. A que les pasen lista, pues. No importa si están enfermos, no tienen para trasladarse desde su hogar o atraviesan por algún problema familiar o personal. Es bueno el control, pero ¿dónde queda el criterio?

Antes les daban consulta y medicamentos –a veces caducos o con la fecha de caducidad muy cercana– si necesitaban. Eso se acabó desde agosto de este año en varios sitios. La medicina la compran con su propio dinero. El problema se torna grave en las personas de la tercera edad, los más desprotegidos.

Antes había pruebas de glucosa. Ahora ya no. La respuesta: no hay reactivos.

Los gorditos son advertidos que bajen de peso o les retirarán la despensa o el apoyo económico bimestral del programa federal.

¿Más? Les exigen que cursen estudios en el INEA, que se "preparen"... o cero ayuda.

Clara, una mujer de la tercera edad, viuda, fue obligada a seguir estudiando a través del INEA, a que se ejercite –pese a ser hipertens– y baje de peso. Las explicaciones al representante de Prospera no valieron de nada, ni siquiera que ella pierde la vista a diario. Por años trabajó como obrera en una fábrica de textiles del corredor Lerma. Cuando fue despedida, bordaba, tejía, hacía trabajos como costurera para mantenerse.

Con cada día que pasa su visión se apaga, irreversiblemente. La operaron, por cierto, como parte de un programa social en donde nunca le advirtieron que la secuela era justo esa: perder la luz de sus ojos.

Al fin de cuentas, su caso es para llenar estadística.