Tolerancia social

Venus Xóchitl Araujo Millán

Es preocupante el crecimiento de la violencia, en buena medida derivado de la intolerancia. Ésta supone los sentimientos más negativos y bajos a los que es capaz de llegar el ser humano.

Al hablar de derechos humanos es inevitable pensar en el valor de la tolerancia. Cada persona es única e irrepetible y será la personalidad la que salga a flote en cada momento de nuestro proceder. La manera de pensar es completamente distinta de un individuo a otro, pues intervienen el contexto cultural dónde crece y las instituciones que lo conforman. No obstante, debemos tener en cuenta que estar en desacuerdo con el otro no debería implicar un problema. La contrariedad aparece cuando se actúa de manera etnocéntrica o egocéntrica; lo cual lleva al conflicto. Ejemplo de ello es la intolerancia social respecto a la religión, grupos urbanos, diversidad sexual, partidos, grupos indígenas, género, rasgos físicos, niveles económicos, estatus, etcétera.

Desde mi punto de vista, existe una delgada línea entre tolerar y soportar. Aunque el primero es un valor que lleva implícito el respeto hacia otra persona que piensa o actúa diferente y el segundo equivale a aguantar, en el ejercicio de ambos se debe externar determinada idiosincrasia, sin olvidar el ejercicio de los derechos conforme al uso de la razón.

Mahatma Gandhi, gran pensador de la India, decía: "El que no está bien consigo mismo estará en guerra con el mundo"; retomando esta idea, me atrevo a mencionar que la intolerancia social tiene que ver con situaciones no resueltas como individuos; es decir, aquello que no se tolera es una proyección de lo vivido circunstancialmente y rechazado de manera consciente o inconscientemente. De ahí que se excluya a una persona que tiene un color de piel distinto, a pesar de que familiares tengan un color diferente por cuestiones hereditarias; el repudio a una preferencia sexual, aunque alguien cercano ejerza su sexualidad de manera distinta a la mayoría; la discriminación a grupos indígenas, nuestras raíces, entre otros ejemplos.

Sin duda, el mejor lugar para reflexión acerca de nuestra tolerancia está en nuestro yo interno.