Suspicacias viejas y nuevas


Con excepción de algunos hombres que festinan el hallazgo de un nuevo edén para el progreso -por supuesto, son inversionistas de filoso colmillo financiero-, en el ambiente flota el espectro de la expresión perpleja, muy desconfiada.

Desde el remoquete, proclamado reverencialmente por los contumaces oráculos neoliberales, hay motivos para la sospecha: "reformas estructurales", al cual sigue la infaltable aclaración: sus beneficios no se verán en lo inmediato, sino en el mediano o largo plazo (misa de difuntos mediante y generación tras generación, dirían los clásicos para reforzar)

Conocida partitura, la cantinela ha gastado sus notas en las últimas tres décadas con tonos chillones y millones engrosando las filas de la miseria y el desempleo. Este es otro ingrediente que no ha faltado en el discurso: todo es para los pobres, cerrándose así el "circulo virtuoso" del capitalismo libertino que impone la existencia de menesterosos para que la economía pueda desarrollarse y mostrar ese rostro generoso, visto por pocos y bañado de sus bondades a éstos mismos.

Vendidos como principios arquitectónicos de un progreso en ciernes, casi inevitable, todo esto no ha sido otra cosa que un dilatado expediente de sinonimia conceptual: globalización, modernidad, libre mercado, neoliberalismo, desregulación, modernidad y, ahora, "reformas estructurales", última cuchufleta de la retórica neo-sofista de los difusores del modelo económico vigente.

En su momento, Aristóteles, Platón y varios expresaron sus dudas respecto de la disciplina que había adquirido prestigio con rétores del calibre de Isócrates, que cobraba sumas fabulosas. Básicamente, la suspicacia fue generada por la subordinación de la sabiduría al dinero.

Sin la estatura de aquellos viejos isocráticos -ni la sabiduría- pero con todo el aparato trompeteador martillando los obnubilados cerebros, durante un tiempo se han desplegado términos de una verbosidad que, ante la evidencia, ni siquiera han requerido desmentidos.

Y si con tanto golpe acumulado no es suficiente para arquear las cejas, qué más puede generar la celebración de inversionistas, locales y externos, si no una mayor suspicacia. En ese sector recibieron con espanta-suegras, confeti y serpentinas las "reformas estructurales" porque no es poco lo que se dejó sin guardavallas: puertas abiertas al energético, blanco de asedio, despojo y despilfarro milenario.

Ni se van a generar empleos -para qué construir refinerías si es más barato procesar el petróleo en los lugares donde ya se hace- ni el precio de los combustibles se va a reducir -ayer, enésimo gasolinazo-.

Y las leyes complementarias solo van a apuntalar lo que ya se advierte como un negocio de pocos -los de siempre-, lesivo para el país, sus recursos naturales y los ciudadanos.