Muerte anónima

Adriana Reyes Lara

Las víctimas de la delincuencia, común u organizada, tienen nombre. No son un número, caso, carpeta de investigación, queja o denuncia, aunque así sean tratadas.

Nos hemos acostumbrado a datos o noticias relacionadas con la muerte imprudencial o aquella cometida con toda la saña y violencia que pueda ser posible y creemos, no en pocas ocasiones, que no seremos tocados por ese fenómeno que se llama inseguridad y que, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2015 y la de este año, es la preocupación número uno de la sociedad mexicana, superando al desempleo o la situación económica.

La delincuencia no conoce fronteras territoriales ni condición social y humana. Lo mismo agravia a mujeres, menores de edad u hombres, jóvenes en plena flor de la vida o jovencitas que apenas nacen a la experiencia de ser ciudadanas del mundo... y no llegan.

La cuestionada actuación de las instituciones y sus servidores públicos abona a una desconfianza múltiple. Nadie, o casi nadie, está dispuesto a perder horas en el Ministerio Público para denunciar un atropello, un abuso, una muerte. Mucho menos hay fuerzas – o recursos-, para enfrentar a tribus de ministeriales que buscan sacar ventaja del dolor ajeno.

Justo porque las víctimas tienen nombre y merecen justicia, está el caso de un hombre que toda su vida la pasó sin contratiempos, tal vez con los tropiezos normales de cada ser humano, pero sin afectar a terceros.

Siempre bien vestido, educado, decente, pulcro a pesar de vivir en una comunidad semirural de la que salió alguna vez y regresó para vivir en familia, seguramente por el resto de sus años.

No conviví mucho con él, pero mi memoria me lleva a su siempre saludo serio y afectuoso cuando lo llegábamos a topar con mi madre en algún lado del camino. Era su primo.

Hace poco falleció de la peor manera: a manos de otros.

Mudó su lugar de residencia a la colonia del Pedregal, en Ocoyoacac. Se dedicó a criar animales, construyó su casa, hizo una familia.

La muerte le llegó una noche cuando varios sujetos ingresaron a su hogar. No conforme con robarle animales, camioneta y artículos personales, le arrebataron la vida: lo amarraron a un árbol y lo apuñalaron varias veces. Hubo saña en lo que le hicieron. Lo dejaron atado, sangrante, pegado al tronco.

Pasó a ser parte de las estadísticas de muertes violentas del Estado de México. Se tornó una cifra, un número, un expediente. A la fecha nada se sabe de sus agresores.

Se llamaba Mario, por cierto. Tenía nombre.