En la tormenta

Del verbo “marginar”

Marginar: “Dejar al margen o de lado una cosa, en especial no tratar un asunto o cuestión en el momento en que se podría tratar” en Latinoamérica entendemos muy bien esa palabra, sobre todo en su connotación urbanística.

Marginamos, sacamos fuera de los márgenes de la ciudad a los más pobres. Es un mecanismo que funciona automáticamente: el valor de los terrenos al interior de las ciudades sube y con ello se esfuman las posibilidades de comprar una casa, de rentarla, o de pagar el predial siquiera. Hay que buscar en el siguiente círculo, o más afuera. ¡Ay perdone! hágase a un ladito. Y ya tenemos el modelo de ciudad típico de los países del tercer mundo – perdonando lo desactualizado del término – centro y periferia.

Los pobres son lanzados a la orilla, como sin querer. Pero eso ayuda a que no los veamos, a que podamos disfrutar la ciudad sin necesidad de que nos restrieguen en la cara su pobreza. ¡Solo faltaba que los pusiéramos en el centro! Hablamos de los “cinturones de miseria” como una fatalidad, como si de un desastre natural se tratara. Sin embargo, vivir al margen es más que una realidad topográfica.

En nuestras ciudades marginamos voluntariamente porque dejamos que vivan al borde de todo, no solo de los barrios residenciales. Y no es un fenómeno natural. No solo porque podemos rebelarnos contra el origen mismo de estos asentamientos en las márgenes, con políticas de vivienda en las que el Estado se atreva un poco más en contra de los especuladores inmobiliarios. Marginamos de forma más amplia porque “dejamos al margen el asunto o cuestión”, sabiendo que lo debíamos tratar. Y no solo lo dejamos de tratar e ignoramos –gracias a que están fuera de nuestra vista –  sino que diseñamos políticas, administramos el patrimonio público, tomamos decisiones tales, que los que viven en el la orilla pagan por su osadía de vivir ahí. En lugar de gozar de políticas compensatorias, los habitantes de las colonias marginadas sufren situaciones absurdas y paradójicas:

Ellos y ellas, los que viven en los márgenes de la ciudad, son los que más se mueven en autobús, los que viven más lejos de todo; pero cuentan con el peor servicio de transporte de la ciudad. Son los que más caminan, pero no hay banquetas; son los que más usan la bici, pero no hay ciclopistas.

Son los que no tienen dinero para pagar escuelas particulares, pero tampoco tienen opciones suficientes en las escuelas públicas de la zona porque la oferta es insuficiente. Ellos son los que más necesitarían buenas escuelas, porque no tienen la formación académica para apoyar a sus hijos, pero si sus vástagos alcanzan lugar en las escuelas de la zona, recibirán clases en las condiciones más adversas: tendrán el cuerpo profesoral más incompleto, las instalaciones más decrépitas.  Son los que no pueden pagar consultas particulares, mucho menos un seguro de gastos médicos – como nuestros diputados – pero no tienen centros de salud suficientes. Son los que forman el gran ejército de asegurados del IMSS, pero no tienen clínicas ni medianamente cercanas. Los que viven en lugares donde los taxis y ambulancias no se atreven en la noche, pero no hay servicios de salud más que en horas hábiles y de lunes a viernes.

La lógica diría que ellos, los que tienen que ir a pie, los que menos tienen, no debieran ir a recoger el recibo de la luz o del teléfono a la tiendita, en donde, además, pagan una comisión extra. Pero en nuestro país al revés, solo se entrega el recibo de la CFE en la casa a los que no cometieron el pecado de vivir en la periferia. Se entrega a domicilio a muchos que bien podrían pagar un poco más para recibirlo o que podrían liquidarlo por internet.

En las colonias populares, donde abundan los perros y la fauna nociva, donde las casas son tan pequeñas que no cabe nada más que el mobiliario más básico y donde se tienen menos recursos para almacenar la basura, el servicio de limpia se dilata más que en las zonas residenciales, en las que el espacio y los basureros de plástico bien pueden esperar al camión cada tercer día.

El sentido de urgencia para reponer los desastres también es diferente en las zonas marginadas: un poste de teléfonos o electricidad derribado, puede no durar más de un día en una zona céntrica antes de ser puesto en su lugar y el servicio restablecido. En las zonas periféricas se puede convertir en una referencia segura e inmutable: “ahí donde está el poste tirado”

Las colonias en las que hay más violencia, en las que se necesitan más policías para asuntos importantes, como salvar vidas, tienen que esperar a que acaben los rondines en las zonas residenciales. Pero si se trata de investigar un crimen o de buscar culpables, cualquier joven marginal es sospechoso, antes que nadie. Eso de las órdenes de cateo y los permisos para entrar a un domicilio son cosas de las películas o de los barrios bien: las casitas de cartón o de materiales similares no alcanzan a ser domicilio y los judiciales pueden entrar – y catear a los niños y a los viejos – buscando al delincuente que seguro se esconde ahí, en cualquier lado, incluso debajo de las faldas de la señora. Sin órdenes de cateo y sin vergüenza.

Marginar es un verbo. Verbo es una clase de palabra con la que se expresan acciones. Acción es una palabra que indica que una persona (o animal o cosa) está haciendo algo. La marginación no es algo que sucede, sino algo que hacemos que suceda. Mientras no pongamos en el centro de las políticas y de los servicios públicos a los que hemos colocado en la periferia, marginar seguirá siendo uno de nuestros verbos más usados.

david.herrerias@propuestacivica.org.mx