En la tormenta

Venezuela como material didáctico

Venezuela es ahora lo que fue Cuba en el pasado: una bandera que todos quieren enarbolar para demostrar que no hay camino distinto y viable más que el capitalismo tal y como lo conocemos o, por el contrario, que otro camino es posible. Vuelta estandarte, la crisis venezolana no admite más que los blancos y los negros y eso ensucia cualquier análisis.

A finales del siglo pasado, Venezuela, era, como México, un país con muchos recursos naturales que permitían la creación de grandes riquezas, pero muy mal distribuidas. En los años del segundo mandato del presidente Caldera(1994-1999) viven una crisis financiera del tipo de las que ya conocemos en México: los bancos quiebran, los capitales se fugan, los banqueros son rescatados, los ahorradores son dejados al garete.

Es en este contexto de desigualdad y pobreza generalizada en el que Hugo Chávez llega al poder, de manera legítima, mediante elecciones incuestionables. Inmediatamente emprende programas sociales que atacan de frente las condiciones de las personas más vulnerables, envuelto en una retórica revolucionaria y obteniendo resultados tangibles, sobre todo porque se logra montar sobre la bonanza petrolera.

Es indudable, porque las cifras así los apuntalan, que en la primera década del siglo XXI, las condiciones de los venezolanos más pobres cambiaron para bien, y el apoyo social a Hugo Chávez creció justificadamente.

En el año 2000, Venezuela ocupaba el lugar número 70 en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que publica el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En el 2008 ocupaba ya el lugar 61. México, bajó, de estar en el lugar 62 hasta el 69.

No es fácil atreverse a afirmar muchas cosas sobre la realidad de Venezuela, porque las voces que traen noticias se apresuran a formarse en cualquiera de los dos extremos. Pero tengo la suficiente certeza para afirmar que, por las razones que sean –fuentes insostenibles, precios del petróleo, falta de estatura del sucesor de Chávez– la crisis, la escasez, la inseguridad, se han hecho escandalosas y han minado el apoyo que tenía el "Régimen Bolivariano".

Frente al descontento, lo que había iniciado como parte de un proceso legítimo y democrático, ha ido construyendo, paulatinamente, las condiciones para establecer una dictadura y un régimen autocrático, por más que apele al discurso popular y juegue en el borde de la legalidad. Los grandes contingentes que protestan no están conformados solamente por aquellos que quisieran volver al antiguo estado de cosas, o los "cachorros del imperio", sino también por muchas de las bases de apoyo y funcionarios chavistas descontentos por el fracaso. Lo más grave del asunto es que la polarización y los agravios compartidos, hace cada vez más difícil una solución que recupere la normalidad democrática, sin tirar por la borda los avances en las prestaciones sociales.

Ante la crisis del país sudamericano, el oportunismo político más simplón quiere, en este nuestro lado de América, usarlo para desprestigiar al candidato eterno de Morena; pero puestos a utilizar a Venezuela como material didáctico, me parece que podríamos obtener aprendizajes más interesantes. Por un lado observemos que Venezuela es un país que parte de una situación no muy lejana a lo que vivimos en México. La desigualdad aquí, según el coeficiente de Gini (donde el 0 es la completa distribución de la riquezay 1 sería lo contrario) era en 2010 de .472, no se movió prácticamente desde 1992 (Noruega, el más equitativo tiene .259) Venezuela eligió a Hugo Chavez cuando sus niveles de desigualdad eran parecidos a los de México (.553). La riqueza petrolera en Venezuela había servido sólo para crear grandes fortunas y para enriquecer a muchos funcionarios, pero no para resolver esa tremenda desigualdad.

Volviendo al IDH, en México hemos ido descendiendo en el índice mundial, desde el lugar 53, en 1980, hasta el lugar 62 en el 2000 y el 77 en el 2017. Casi 40 años que coinciden con una pérdida continua del poder adquisitivo de las mayorías, y una desaparición paulatina de las clases medias. Aparejada a esta permanente mal llamada crisis, porque es propiamente un modelo económico conscientemente decidido desde los años 80, vivimos un desencanto de lo que parecía ser una primavera democrática, porque la cultura política gestada durante los años del priismo, no sólo no se transformó, sino que se reprodujo como hierba mala y abarcó a todas las agrupaciones políticas, minando la confianza en casi todas las instituciones, incluso algunas que fueron modélicas, como el IFE.

Más que por su fracaso estrepitoso en el ámbito económico, lo que preocupa de estos restos del Chavismo en Venezuela es la destrucción de los contrapesos democráticos que anulan la capacidad para enmendar el camino, y me entristece ver otra utopía de igualdad truncada. Pero para mala fortuna de los venezolanos su dolorosa experiencia tiene una utilidad didáctica para los demás: recordar que nada en la democracia está ganado para siempre. Pero recitar que Maduro es el coco no es un sortilegio capaz de salvar un régimen económico y de partidos que hace agua por todos lados.

Sólo queda el camino de enfrentar nuestros problemas más urgentes, como la corrupción y la pobreza, ahora que aún podemos dialogar, sin que haya tanques de por medio.