En la tormenta

Como quien ve el futbol australiano

Sentado frente a la televisión, en esos días en que recorro los canales de deportes deteniéndome fugazmente en cada uno, he tropezado más de una vez con la transmisión de un deporte parecido al rugby, que se juega, creo, en Australia o en algún lugar lejano de habla inglesa. Como digo, se parece al rugby, o al menos a lo poco que conozco de él: se juega con una pelota ovalada; se trata de llevarla hacia la meta en el campo del oponente; en el transcurso se pueden hacer pases con las manos y patear ocasionalmente el balón; y se pegan unos a otros con singular alegría, a diferencia del futbol americano, sin casco y protecciones de por medio. Habrá notado usted que entiendo muy poquita cosa del dichoso deporte, y si usted sabe algo más, ya se estará burlando de mi ignorancia. Yo solo lo veo, alcanzo a entender que unos van perdiendo y otros ganando, que se están dando hasta con la cubeta, que su felicidad y contento está en tener la pelotita y hacerla llegar al otro lado, y nada más. Termino cambiándole al tradicional y bien entendido futbol soccer, en lo que llega mi señora esposa y se cancela el espacio deportivo para pasar a otro menú televisivo.

Frente a la reforma en telecomunicaciones me siento un poco así, como viendo ese futbol australiano. Es un tema tan complejo, tan amplio, tan lleno de vericuetos tecnológicos que igual los veo que se pelean, que se muerden, se gritan... y aunque alcanzo a pergeñar algunas de las razones y vislumbrar a dónde van dirigidas las patadas y a dónde quiere llevar cada quien el balón, me quedo con una idea siempre insuficiente de lo que pasa. Sin embargo, hay que decir que este duelo legislativo sí me ha dejado algunos aprendizajes, igual que el que voy teniendo a fuerza de ver tres minutos eventuales y fugaces de futbol australiano.

Una cosa que queda clara, y que paradójicamente oscurece siempre el debate en el tema de las telecomunicaciones, es que todos tienen intereses. Sí, ya sabemos que no hay tema legislativo en el que no haya grupos involucrados con intereses específicos, tratando de inclinar el terreno para que el agüita riegue su milpita. Pero en este tema lo complicado es que la inmensa mayoría de los analistas y opinadores, son parte del problema. No lo ven desde fuera, están metidos en los medios y opinan desde sus trincheras laborales. Por eso vemos cada vez más batallas mediáticas, no de periodistas opinando de políticos, sino de periodistas contra periodistas, de medios contra medios.  Además es una reforma que se está lidiando con los grupos más poderosos del país. No, no con los diputados y senadores, ni con el Presidente: sino con los dueños de los medios electrónicos y la telefonía.

Otro aspecto que ha salido a relucir entre golpes bajos y mordidas traperas, ha sido la discusión sobre los conflictos de interés de los y las legisladores. Desde hace tiempo se habló de la telebancada, en alusión a un grupo de diputados y senadores que representaban sin tapujos los intereses de las televisoras. Me di a la tarea de revisar el currículum de los acusados de pertenecer a este grupo. A algunos de ellos se les acusa solo por haber mantenido una posición favorable a las televisoras, pero sin comprobar ninguna relación de trabajo con ellas. Sin embargo hay 11 legisladores que claramente tienen vínculos con los dueños de la tele nacional. Algunos son parientes directos de funcionarios o patrones de estas empresas. Otros han sido parte de sus equipos jurídicos, otros han sido empleados de ellas. Un dato curioso – y creo que es uno de los aprendizajes importantes para los ciudadanos – es el siguiente: de los 11 legisladores y legisladoras que podemos integrar sin duda al equipo de los Azcárraga-Salinas, nueve entraron por la vía plurinominal, es decir, sus partidos (ocho del Verde, tres del PRI) los pusieron en sus listas para que entraran al Congreso sin contratiempos. Eso nos debe hacer pensar, otra vez, en al asunto de los legisladores con representación proporcional. ¿A quién representan los 200 diputados plurinominales? Al menos estos nueve ya sabemos a quién, los otros 191 tendremos que averiguarlo.

Hay otras preguntas interesantes alrededor del tema: ¿Fue en realidad la telebancada importante a la hora de aprobar las reformas? A mí me parece que estos funcionarios tan bien mantenidos por nuestros impuestos son más orejas de sus patrones que voces en el Congreso. Las leyes, en realidad, se siguen acordando con las cúpulas partidarias.

Al final, la discusión y el dictamen de las leyes en materia de telecomunicaciones, me dejan otra certeza, que quizás parezca más abstracta pero es más capital: la tendencia creciente a destacar, sobre cualquier otro aspecto de los asuntos, el carácter de mercancía de las cosas. Lo central en la discusión de las leyes que regulan los flujos de comunicación en un país, desde mi punto de vista, es la medida en que los medios se pueden poner al servicio de la sociedad. Pero la discusión, las patadas y manotazos y el centro de las reformas, ha estado en poner las reglas del juego para discutir quién se queda con el negocio, quién gana más y quién gana menos. Habrá quien diga que haciendo de las telecomunicaciones un negocio rentable, se cumplirá con su fin social, pero eso no es verdad. Un ejemplo ilustra a la perfección esta contradicción: los pocos estímulos y la prohibición a las radios comunitarias para financiarse con publicidad, atiende a la idea de no tener “competidores” desleales. Una reforma con visión social privilegiaría el surgimiento y mantenimiento de estas radios que cumplen una labor social insustituible en las comunidades indígenas. Hay un conflicto que es importante reconocer, entre la necesidad de medios más democráticos (en términos de propiedad pero más en términos de contenidos) y la visión reduccionista de los medios como mercancía que se debe regular para que sean más redituables para los concesionarios.

Al final de este juego complejo, tan difícil de entender como el inglés australiano, la pelotita creo que ha terminado en donde los dueños del balón y sus compinches han querido. Ni siquiera me queda claro si el partido que se jugaba era realmente de campeonato o amistoso, y si los árbitros eran imparciales o jugaban para uno u otro equipo. Habrá que ver, con el tiempo, si algo sacamos en claro.

david.herrerias@propuestacivica.org.mx