En la tormenta

Sobre tecnócratas y tecnoburócratas

Los tecnócratas llegaron ya... bueno, en realidad desde hace mucho, 30 años o más. Dominan la escena política, independientemente de quien gobierne. La tecnocracia es hija de la ilustración y de la idea de que la ciencia y la técnica pueden modelar el mundo a su antojo. Todo proceso humano, igual que el mundo físico, puede ser expresado y reducido a números y fórmulas que es posible utilizar después para modelarlo.

El tecnócrata cree que la vida es un proceso lineal que se calcula en un escritorio. En su teología Dios es un egresado de tecnológico que planea los procesos sociales de forma secuencial y simple, como si de producir cubetas de plástico se tratara. Si las cosas no suceden como se estableció en un programa de cómputo, no es culpa de los planes ni de las proyecciones, ni de los renovados sistemas de planeación estratégicos – por objetivos, por resultados etc.– sino de las personas que se resisten, por ignorancia o mala fe, a comportarse como los modelos computacionales.

Los tecnócratas creen que ponerle numeritos a la realidad la hace aprehensible y cierta. Tome usted cualquier proceso social, humano, difícil de aprehender a primera vista y califíquelo del 1 al 10, donde el 1 es malo, horrible, deficiente etc., y el 10 es bueno, bello, eficiente etc. Y aquí viene el salto al vacío: aunque la valoración del uno al 10 sea totalmente subjetiva, el tecnócrata cree que la resultante de una prueba así, aplicada a un número suficiente de sujetos se vuelve objetiva.

La tecnocracia tiene sus burócratas – que no es necesariamente una mala palabra – muy iguales a los de antes; pero en lugar de máquinas de escribir tienen computadoras. Son tecnoburócratas. Sin embargo, estos funcionarios de la era digital no han renunciado a muchos de sus apegos más profundos. Son hombres y mujeres de papel, de oficina, de escritorio, incluso, ¡de sello de goma! Pueden escribir un oficio en una flamante computadora solicitar que la impresión hecha en una super rápida impresora sea llevada a sellar por un oficinista radicado unos escritorios más adelante.

Los tecnoburócratas, en las oficinas de gestión social, por ejemplo, no necesitan salir de su oficina, ni ir a ver los proyectos en los que se aplican los recursos gubernamentales; no necesitan acudir a esa otra realidad que está fuera de sus hojas de cálculo y sus bases de datos con indicadores “sólidos”.  No necesitan sentir y tocar el polvo de las calles de tierra de las colonias. Aspiran con mucho más agrado el olor del papel engargolado en grandes carpetas con “evidencias”. Fotos que no corroboran si corresponden a los proyectos aprobados, listas de asistencia de cursos y eventos que nunca saben si ocurrieron y mucho menos, si tuvieron efecto en los supuestos asistentes. Carpetas, con cifras, con indicadores; carpetas, con evidencias, con oficios; carpetas y carpetas... ¿a donde van a parar tantas carpetas?). Pero esto es porque los tecnoburócratas tienen una percepción de la vida muy curiosa: creen que la realidad no está en las calles y en las comunidades, sino apresada en esas carpetas, con indicadores, con evidencias, con gráficas, y sobre todo, con listados de CURP. ¡Oh bendita Clave Única de Registro de Población!  En los momentos decisivos de la vida burocrática, o sea, en el momento crucial del presupuesto, de la evaluación, del ascenso, lo que importa son los números y letras mágicos de los CURP apilados en columnas, medibles, asentables. Una persona no existe, un beneficiario no existe, si no tienen su Clave y su fotocopia de la credencial de elector. Tiene más materia, es más real y útil – para efectos prácticos – un CURP sin ciudadano que un ciudadano sin CURP.

Los tecnoburócratas creen que aplicando un dispositivo electrónico en cualquier proceso burocrático éste mejora, aunque no cambie su esencia. Creen por ejemplo, que esperar en una oficina pública dos horas y media es una experiencia mucho más placentera si en lugar de hacer fila mantienes a los usuarios pendientes de un televisor que publicará el número que cambiará su futuro inmediato. O que la llamada inútil a una oficina se vuelve mejor si contesta una grabadora que entretiene al oyente dándole opciones numéricas para navegar un laberinto burocrático invisible; o si le mienten cada al oído adolorido cada tres minutos durante una llamada en espera exasperante: “en este momento nuestras operadoras están ocupadas, su llamada es importante para nosotros, no cuelgue”. Para el tecnoburócrata una voz de grabadora es siempre más amable y humana que la de una burócrata gangosa de carne y hueso que contesta cuando se le da la gana (esta es un hipótesis a evaluar, hay que reconocerlo)

Eso sí, los tecnoburócratas tienen menos remordimientos que los clásicos, porque los retrasos que antes solo se podían explicar por la falta de eficiencia y negligencia de un oficinista que había confundido un oficio petitorio con el envoltorio de su torta de tamal; ahora se explican siempre con la frase salvadora: “es que se nos cayó el sistema” lo cual exime de cualquier culpa a todo mundo.