En la tormenta

El referéndum se somete a referéndum

El otro día recordaba una anécdota que he contado de otras formas y en otros espacios, pero que ahora viene a cuento. Hace años trabajaba en Guanajuato, ciudad a la que me tenía que trasladar cada mañana desde la ciudad de León. El regreso en autobús era particularmente azaroso, puesto que una gran cantidad de personas hacía ese trayecto y se formaban largas y desordenadas filas para tratar de abordar. Los que estaban por abordar exhortaban a los que iban adelante para que optimizaran al máximo los espacios, lo cual es un eufemismo para decir que empujaban paracomprimir lo más que se pudiera la masa humana que los precedía. Comprometidos en esa doble operación –hacer fila y empujar– todavía debíamos atender una tercera: evitar que muchos vivales se metieran en la fila y abordaran antes de su turno. En esas circunstancias estábamos un día, cuando un hombre bajito pero de complexión robusta, sin decir nada, se intentó colar, trabajosamente, entre la fila de gente y el pasamanos que más que agarradera, sirve de contención para evitar que los pasajeros bajo presión salgan disparados a través del parabrisas. Los gritos no se hicieron esperar: ¡a la cola, a la cola! Como el hombre no se inmutaba y seguía nadando cual salmón entre la cascada humana que se formaba en las escaleras del vehículo, hubo quien pasó de la protesta a la acción y jalándolo del brazo lo envió de regreso a la banqueta. ¡A la cola! Remachamos, triunfales, ante el gesto atónito del gordito. "El pueblo se hizo justicia y puso en su lugar al abusivo", pensábamos, orgullosos. "Ah bueno –replicó el individuo, congelando nuestro gesto victorioso– entonces a ver quién los lleva, ¡yo soy el chofer!

Nos equivocamos. Éramos la mayoría, nuestras razones eran aparentemente correctas, pero nos faltó información y nos equivocamos. El asunto no fue grave, porque una vez aclarado el punto nuestro enfadado chofer tuvo acceso al volante y nos llevó con gesto adusto de regreso a casa.

La democracia es un método, una forma de tomar las decisiones y una manera de organizarnos. Pero no garantiza por sí misma que esas decisiones sean las mejores. Esto viene a cuento, desde luego, por las decisiones que en los últimos meses han tomado el pueblo inglés y el pueblo colombiano. Viviendo en México ytratándose de otros países; sujetos a las noticias que captamos en los diarios y noticieros nacionales, el triunfo del brexit en Inglaterra y del NO en Colombia, no dejaron de sorprendernos y dejarnos con la sensación de que los referéndumcomportan un alto riesgo. Para muchos, estas son pruebas de que las grandes decisiones es mejor dejarlas en manos de los expertos y no de las chusmas mayoritarias. Hay que someter el referéndum a un referéndum.

La democracia representativa ha sido una etapa necesaria en el progreso de los pueblos, pero el consenso apunta cada vez más hacia la ampliación de la participación ciudadana en el control gubernamental y en la toma de decisiones clave, hacia la democracia participativa. El referéndum y el plebiscito son formas de democracia directa en las que los legisladores, intermediarios públicos, se ven obligados a escuchar directamente la voluntad popular. Los críticos de estas formas de participación arguyen que una cosa es dejar al pueblo elegir quién debe ser el piloto, y la otra tratar de pilotear el avión entre todos.Es una caricatura de la democracia participativa, porque las formas de participación ciudadana en el control gubernamental o de participación coadyuvante en tareas públicas, distan mucho de acercarse a la pretensión de pilotear el avión. Las grandes decisiones que se someten a plebiscito o referéndum son, en realidad, las grandes líneas de ruta. Equivale, más bien, a pensar que, una vez elegido el piloto, podemos decidir entre todos el destino del viaje.

Pero la crítica al referéndum, a partir de los resultados en los países aludidos, parte también de un prejuicio –que confieso también mío– de que están equivocados. ¿Realmente se equivocaron el pueblo inglés y el colombiano? ¿quién lo dice y de parte de quien? En mi caso, debo decir que el NO colombiano me obligó a leer detenidamente los argumentos de los opositores con mayor detenimiento y reconocer que en algunas cosas pueden tener razón. No sé si la razón suficiente, pero aquí lo importante no es lo que piense yo, sino lo que pensaron la mayoría de los colombianos. Si la decisión en el caso colombiano se hubiera dejado a los representantes en el congreso, como muchos lo sugieren, puede ser que percibiéramos el proceso de paz en Colombia como más adelantado o consolidado; pero en el fondo, un porcentaje significativo de la población lo seguiría viviendo como un proceso injusto, y esa sensación podría, a la larga, minar ese mismo proceso que se estaría aparentemente ya consolidado.

La democracia, decía líneas arriba es, entre otras cosas, una forma de decidir que obliga a la participación de todos. A veces, casi siempre, este proceso es más lento e incierto. Es más fácil tomar las decisiones de forma unilateral. Pero no se trata sólo de dar la voz a la gente por condescendencia, por corrección política o por obligación legal. Los últimos referendos nos han ayudado a entender que lo que creímos saber, que lo que los gobiernos pensaban que pensaba la gente, era erróneo. Ayudaron a emerger otras cosas, resentimientos, heridas, inconformidades, que de no haber sido por la posibilidad que los ciudadanos tuvieron de expresarse en las urnas, hubieran permanecido escondidas.

Lo más probable, es que estos aparentes fracasos ayuden a construir decisiones que se cimienten sobre bases menos fangosas. Nos equivocamos cuando echamos abajo al chofer del autobús, pero eso ayudó, quizás, a que él aprendiera a expresarse antes de empezar a empujar a los demás viajeros.

Refrendo mi confianza en la democracia participativa.