En la tormenta

¿Dónde está el piloto?

Es un tren con muchos vagones, no sé cuántos, pero van más de 120 millones de pasajeros. No es poca cosa. El gusano de acero marcha sobre las vías y a la distancia uno mira que va – diría el poeta – como aguinaldo de juguetería. Pero el trenecito de López Velarde se parece poco a éste; basta acercarse un poco para notarlo.

Lo primero que salta a la vista es que el 40% de los pasajeros viaja en vagones que se caen a pedazos. No hay forma de explicar cómo es que estos furgones fantasmales no se han vaciado por completo, porque el estado lamentable de toda la estructura provoca muchas pérdidas de pasajeros.  Algunos de estos viajeros logran avanzar y situarse en vagones menos inseguros; unos lo hacen siguiendo las reglas del juego que se han impuesto en este tren; otros se abren paso a golpes y pisando a sus vecinos. Muchos sólo se resignan y se aferran impávidos a los restos oxidados en movimiento.

Otra cantidad similar de pasajeros viaja en vagones que están un poquito mejor. No es que sean carros para presumir, pero al menos no es tan evidente su fragilidad. Digamos que los que viajan en ellos, la van pasando. El 20% restante de pasajeros tiene la suerte de viajar en primera y el traslado ha de parecer mucho más placentero. Viendo a detalle, podemos descubrir ahí a un no más de 3% que realmente pareciera vivir en el tren bala que cruza las campiñas japonesas con la vista al fondo del Monte Fuji. Este es un tren, vamos resumiendo, bastante desigual.

Pero lo dicho hasta aquí es solo una parte de los descubrimientos. Si uno echa otro vistazo, notará que la corrosión de toda la estructura de metal se extiende a todos los vagones, por más que se disimule en algunos. Y algo más: el humo denso que atribuíamos a las calderas de la locomotora, no provienen sólo de las máquinas, sino de varios vagones que se incendian. Aquí y allá hay fuego, y pasajeros que son consumidos por las llamas. El fuego no parece apagarse, sino aumentar cada vez más. Si observa con detenimiento verá que hay quienes queman y hay quienes son quemados, y no hay nadie que lo evite. Los quemados se consumen y los quemadores quedan impunes.

A pesar de la emergencia, no parece que el tren se detenga o que se hayan activado las alarmas suficientes.  ¿Quién conduce este tren? ¿Quién establece el orden? La pregunta nos obliga a echar ahora un vistazo a la cabina de la locomotora. Esperábamos encontrar al mando a una persona o a un grupo de personas sudando la gota gorda, bien coordinadas, haciendo cálculos, buscando alternativas. Lo que vemos es más o menos tan caótico como el tren en su conjunto. Domina el cuadro un grupo variopinto de personas peleándose por el mando de la máquina.  No es que estos respetables pasajeros ignoren los incendios y el estado lamentable de la locomotora, pero sucede que en su lucha por tener el control del armatoste encabritado, están más bien ocupados en achacarse unos a otros el origen de las hogueras para allanarse el camino propio. No parece preocuparles el desastre inminente, sino la manera de evitar que la desgracia les perjudique tanto que les impida quedarse al mando.

Entre los pasajeros no reina la cordura. Rousseau ya nos había advertido, hace 250 años, que no es lo mismo la voluntad de todos que la voluntad general. Que la suma simple de los deseos individuales no construye un bien colectivo. Que una sociedad en la que cada quien lucha por sus privilegios no genera una bienestar de todos. Los pasajeros de este tren achacan todos los males a los conductores de la locomotora, pero pocos quieren renunciar a sus privilegios para construir una mejor. Hay que decir que muchos están tan preocupados por sobrevivir que poco más se les puede exigir. Pero otros, que pudieran hacer algo, se ocupan sólo en buscar, cada vez que se puede, mejores asientos, indiferentes a las víctimas. Hay quienes se alarman y se escandalizan cada vez que un pasajero brinca del tren envuelto en llamas, pero no pasan de denunciarlo en las redes sociales. Otros aprovechan los incendios para conseguir uno que otro privilegio o unos minutos de fama. Los hay también, justo es reconocerlo, que no permanecen indiferentes y se movilizan y hacen algo por las víctimas.

Pero el tren se sigue quemando. La corrosión sigue haciendo su trabajo. Las muertes se multiplican, la vida se banaliza: no sólo es el crimen organizado, también el crimen desorganizado...  y el gobierno criminalizado. El Estado de Derecho sigue siendo una ficción en buena parte de este nuestro tren.

Tenemos que hacer un alto.

El Consejo Coordinador Empresarial lanzó recién, el llamado a un nuevo “Pacto orientado a fortalecer a las instituciones del Estado Mexicano”. Un Pacto que permita concretar –dicen–  avances en asuntos tan relevantes como la seguridad, el Estado de Derecho, la justicia, el combate a la corrupción e impunidad y la democracia.  Vale la pena tomarlo en cuenta, cuidando que no quede en un pacto cupular: liderazgos partidarios, empresarios. Es necesario un pacto que considere a todos los pasajeros de este ferrocarril maltrecho, antes de que el fuego llegue a los depósitos de combustible. 

david.herrerias@propuestacivica.org.mx