En la tormenta

Como en película (mala) de Hollywood

Podemos imaginarlo como en una película mediocre de acción: un auto más o menos elegante circula por el poniente de la Ciudad de México. Al volante, un ejecutivo mantiene la vista aburrida al frente, circulando lentamente por la avenida atestada. No se da cuenta de que, furtivamente, dos jóvenes se acercan a la ventanilla, le increpan y obligan a entregar su cartera, su reloj y su celular. Es una operación rápida y fácil. Los malandros huyen en sentido contrario al flujo vehicular, seguros de haber tenido éxito. No alcanzan a percibir que tres lugares atrás de la víctima, el cristal de un auto baja lentamente para permitir que de ahí surjan las balas que los alcanzarán en la nuca. Mueren casi instantáneamente. El auto justiciero hace unas maniobras bruscas y se pierde entre los demás vehículos. Ni la víctima del asalto ni nadie más puede (o quiere) dar señas o aportar testimonios.

Otra escena: un autobús urbano circula por una avenida concurrida en el Estado de México. De pronto dos hombres armados abordan el vehículo y sin más, urgen a los pasajeros a entregar sus pertenencias. Los parroquianos, intimidados y resignados comienzan a hurgar en los bolsillos y a entregar objetos y dinero a los mal encarados ladrones. Ya se vuelven, satisfechos, los delincuentes, cuando surgen, desde el fondo del camión, dos detonaciones y los asaltantes caen, fulminados. Un hombre se levanta de su asiento, baja del autobús y se pierde por las calles. Nadie da información que sirva a la policía.

Recientemente, cuatro hombres detuvieron un autobús, también en el Estado de México y subieron a robar a los pasajeros. Cuando se disponían a bajar, otra vez, un vengador anónimo les disparó, y al parecer, los siguió para acabar de matarlos. Recogió con calma las pertenencias robadas y las puso en la parte de adelante del autobús diciendo: "Ahí están sus cosas, recoja cada quien sus pertenencias. Nada más me hacen el paro...". Los cadáveres fueron abandonados en la cuneta, y el autobús siguió su ruta. Un poco adelante el vengador anónimo bajó y desapareció en el bosque. No hay cámaras que den cuenta de lo sucedido, nadie da señas del asesino.

Después de narrar cómo los pasajeros de un micro desarmaron a un ladrón y lo lincharon hasta matarlo, un testigo narra en los comentarios de Milenio: "Todos los pasajeros le ayudamos a que se fuera y de hecho, cuando llegó la policía, sólo estaba el chofer y el cadáver. Nunca pudimos saber el nombre del héroe que había matado al 'presunto delincuente' (éstas últimas comillas cortesía de la Comisión Nacional de Derechos Humanos)."

Todas las escenas narradas tienen en común, en primer lugar, que son reales. En segundo lugar, que se trata de personas –los vengadores– que tienen pericia en el manejo de las armas, en algunos casos se sugiere que pudieran ser militares o policías sin uniforme. En todos los casos existe una cierta complicidad de los testigos: no colaboran con la autoridad, justifican los hechos. Fuenteovejuna, señor.

Si uno consulta las notas en la prensa, los comentarios de los cibernautas, en general, glorifican a los vengadores: "Qué bueno que los mató, antes de que violaran a todos los niños del Edomex, antes de que complotaran contra Peña Nieto, antes de que se robaran a la Virgen de Zapopan". "Bien hecho, yo estoy en contra de la violencia pero ya estamos hartos de tanta delincuencia e inseguridad". "Esta clase de noticias me alegran el día, y usted Sr. Justiciero, sé que leerá esto, no se sienta mal. México (los buenos) estamos con usted". Y algunos van más allá: "¿Y si ahora nos empezamos a echar a los jefes delegacionales, a los gobernadores, a Eruviel, a Mancera, a los políticos, a Manlio, a Emilio, a Madero, o a Cordero, también a Dolores?".

La figura del vengador anónimo ha sido plenamente justificada en el cine y la televisión. Se construye a partir de la impotencia y de la injusticia. El individuo que no ve en la autoridad la solución a la inoperancia de la ley, decide tomar la justicia en sus propias manos. En los guiones cinematográficos es frecuente observar la desproporción que se justifica generalmente por la maldad intrínseca del que originó la violencia: los malos son irremediablemente malos y no van a entender nunca. Son malos por vocación, y la única solución posible es la muerte. Nos han acostumbrado en esas películas a gozar y disfrutar las masacres que los "buenos" se permiten hacer porque "los malos" se lo merecen. Para que esto sea posible nos hacen participar de un juicio desde la mirada del héroe: somos testigos de la flagrante injusticia y aceptamos el veredicto. En la realidad, estamos tan acostumbrados ya a los asaltos y vejaciones que no encuentran respuesta en la justicia, que empezamos a soñar con estos "justicieros". Los actos de venganza (que no de justicia verdadera) han aumentado, y más si sumamos a esto los linchamientos. Se calcula que se han dado un 40% más de estos hechos con respecto al año pasado (Lantia Consultores). Si dejamos que sean las tripas las que decidan, es probable que surja una corriente de simpatía por estos "justicieros", y ese es en el fondo el verdadero peligro.

Una vez más debemos salir en defensa del Estado de derecho, aunque suene demagógico, porque es la única garantía de vivir en paz y seguridad. La actuación de estos oscuros "superhéroes" puede desatar una ola de crímenes en los que ninguna víctima tenga acceso a un debido proceso. ¿Quién va a garantizar que las decisiones de estos jueces-verdugos sean adecuadas?, ¿que no puedan extraviarse?, ¿en verdad queremos construir un país de talibanes en el que el robo se castigue con la muerte?, ¿quién garantiza que el actuar de estos ángeles exterminadores no termine en una masacre?, ¿cómo saber si esta reacción desproporcionada de violencia no generará más violencia en los robos comunes?, ¿cómo garantizar que las turbas no maten inocentes? Cuando la Ley no campea, los que más sufren, siempre, son los más débiles, porque lo que impera es la ley del más fuerte y del más violento.

No estoy seguro de querer que la policía encuentre a estos asesinos "buenos" (si es posible decir esto) y los lleve a prisión, pero me queda claro que algo tenemos que hacer para que el fenómeno no se incremente. Y es muy claro también que las causas de fondo son la inoperancia de las policías, la impunidad, la incapacidad del estado para garantizarnos seguridad. Eso tenemos que seguirlo exigiendo para no acostumbrarnos a vivir como en una película mala de Hollywood.