En la tormenta

Sobre la palabra demagogia

La demagogia es como la gripe, está y estará siempre infestando cualquier cuerpo social; aunque hay democracias, como la nuestra, que presentan cuadros virales tipo AH1N1.

La palabra demagogia viene del griego “demos”, pueblo, y “ágo”, conducir. Si así lo dejamos, esta pobre palabra no tendría que cargar con tan mala fama. Según dicen, durante alguna época se consideró bien a las personas que poseían una gran capacidad para la oratoria y ésta la usaban para conducir al pueblo hacia sus fines (los del pueblo). Aunque Aristóteles ya hablaba de la demagogia como una estrategia para alcanzar el poder político mediante el uso de la palabra chueca y engañosa, suscitando miedo o esperanzas en los ciudadanos para manipularlos.

Bien nos advierte un sitio de etimologías, que es útil conocer la distinción entre las raíces latinas “ducere” y “agere”. Las dos significan conducir, pero la primera describe la acción de quien conduce guiando, caminando al frente; la raíz de educación. Y la segunda se refiere a la acción del perro pastor o el amo que acarrea al ganado empujándolo y forzándolo hacia donde el que conduce quiere. Esto se parece más a lo que entendemos ahora por demagogia.  La RAE la define como una degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder.

La demagogia es como la gripe, está y estará siempre infestando cualquier cuerpo social; aunque hay democracias, como la nuestra, que presentan cuadros virales tipo AH1N1. Los virus son difíciles de combatir porque se integran al ADN de la célula. La demagogia no siempre es fácil de distinguir, porque por su misma naturaleza, los actos demagógicos tienen que aparentar – lo mejor que se pueda – concesiones y atención genuina a lo que la ciudadanía pide. A veces, estas concesiones no resuelven el problema de raíz o incluso, producen efectos contrarios a lo que se debía resolver. Pero muy en el fondo de su corazón, el efecto que busca el demagogo no es la solución del problema, sino el rédito y el posicionamiento político de sí mismo.

Es tan común el virus de la demagogia que podríamos recordar tantos casos, como políticos tenemos (no es que todos los políticos sean demagogos, pero los hay demagogos por partida doble) Daré solamente tres ejemplos cercanos, con fines puramente didácticos.

Había un clamor, no digamos popular ni mayoritario, pero sí persistente, sobre el trato que se da a los animales en los circos. El partido Verde toma la bandera – porque pocas banderas de un ecologismo más profundo puede o quiere tomar – y lo usa como argumento de venta. Si en verdad se trataba de resolver el problema de los animales ¿por qué centrarse y hacer tanta alharaca con una proporción tan mínima de los animales maltratados en México? ¿Tendrá que ver con los efectos mediáticos del asunto? Pero aún aceptando que el tema es importante ¿no se podría haber hecho un programa gradual de mejoramiento de los circos? ¿por qué no darles el apoyo para iniciar una transición que les ayudara a ir transformándose y poder garantizar un retiro digno para los animales y los domadores? No, porque el efecto propagandístico de un programa gradual es muy poco y las elecciones estaban en puerta. Lo más fácil, redituable políticamente – y demagógico – es sacar una Ley terminante que pueda ser incluida en los carteles de “el Verde sí cumple”. No es que se discuta el fondo del asunto: es bueno que los circos dejen de usar animales salvajes. El problema es que dicha Ley, como está, promete empeorar la vida de los animales, arruinar el negocio y la vida de los cirqueros y mejorar la vida y los negocios del Partido que la impulsó.

Un ejemplo local, del que ya hablé en alguna ocasión: la Escuela de Vanguardia. Nuestra ex presidenta Municipal se propuso, para demostrar que los niños de escuelas públicas tienen la misma dignidad que los niños de escuelas privadas, construir una súper escuela en la zona de las Joyas, un polígono de pobreza. En varias ocasiones hemos discutido el tema de la educación con habitantes de esta zona marginada y claramente expresan que, ciertamente, las instalaciones de las escuelas que tienen son deficientes; pero el principal problema es la falta de cupo. Casi el 40% de los niños y niñas en edad de cursar la primaria tienen que salir de Las Joyas para buscar lugar en otras escuelas. Como el virus se enquista en la célula, la demagogia aprovecha una verdad: el derecho de los niños a una escuela digna.  La gente le propuso a la Presidenta mejorar la escuela vieja y construir una nueva, digna, pero sencilla, que duplicara el cupo. No. Si no querían la escuela, se la llevaba a otro lado. Actualmente la Escuela de Vanguardia tiene canchas de pasto sintético que el Director no permite que se usen porque se gastan; un elevador, que no se usa; salones para clases especiales, sin maestros para alumnos especiales. No aumentó la cobertura ni un pupitre; no hay profesores de inglés y computación; no aumentó ni cambió nada. Pero el efecto mediático de hacer dos escuelas dignas, es muy pobre comparado con el anuncio de derruir una vieja instalación para hacer “la mejor escuela del País”, según presumió la Edil.

“Me voy a vivir a casa de mi madre”. Es una frase demagógica por excelencia, en otro ámbito. Así me suena también la frase ”Le voy a pedir la renuncia a todo mi gabinete”. No viví el momento en el que el teatral Jefe de Gobierno del DF hizo este dramático anuncio, pero podría imaginarlo haciendo un medio giro del rostro a la derecha, mientras su muñeca tocaba levemente su frente perlada en sudor y sus ojos miraban melancólicamente hacia el cielo. Antes de que me gane el llanto, quisiera hacer algunas preguntas: ¿Dijo que los renuncia porque los va a evaluar? ¿qué no es eso práctica común y permanente de cualquier gobierno y cualquier organización que se respete? ¿Por qué tienen que renunciar? ¿Por qué todos y todas? ¿Les sabe algo o les habla al tanteo? Evaluar, corregir y correr funcionarios, si fuera el caso, puede ser un acto de eficiencia, transparencia y de honestidad política... o un acto demagógico. Aquí, evidentemente, Mancera lo que busca es manipular los sentimientos, aparentar docilidad frente a las demandas ciudadanas, y darse baños de pureza para preparar, a su modo, su camino a la Presidencia de México.

La demagogia funciona, muchas, demasiadas veces, pero no siempre. Al Verde le sirvió menos de lo que habían calculado, aunque ahora esperaríamos que ofrecieran alternativas al problema de los animales salvajes sin dueño. A Bárbara le creyeron fuera de Las Joyas: pocos pueden ver mal la construcción de edificio tan magnífico; aunque pareciera que en las colonias, los habitantes se dieron cuenta del engaño y los correligionarios de Bárbara se siguen preguntando por qué perdieron en este polígono de pobreza que debiera estarles agradecido. Mancera todavía no acaba su jueguito, y habrá que ver cómo sale de ahí, porque aún la demagogia tiene sus reglas: se puede estirar la liguita, pero a veces se rompe, rebota en la trompa y produce una hinchazón de nariz que suele verse muy mal.

david.herrerias@propuestacivica.org.mx