En la tormenta

Nuestro invierno democrático

Nuestra historia está llena de asonadas. Los cambios de poder en México, rara vez se dieron en paz. La pseudo democracia que se creó al final de la Revolución, no estaba pensada para que los ciudadanos eligieran a quien debía gobernarlos, sino para encontrar mecanismos para que los generales, ansiosos de gobernar, pudieran hacerlo sin tener que lanzar un nuevo plan que justificara un alzamiento.

Crearon un sistema no exento de fricciones, pero que pudo encauzar cada seis años una sucesión en la que el voto ciudadano era sólo una mascarada: el único candidato con posibilidades de ganar unas elecciones siempre controladas, era ungido en Palacio Nacional. Quizás esta decisión involucraba algo más que el dedo del señor presidente, pero, a fin de cuentas, los electores tenían poco que ver. Lo central en el proceso nunca fue el proyecto político, y mucho menos los deseos y las necesidades del electorado. Era, una dictadura sui géneris, con sucesiones pactadas, y disfraz de democracia.

Este régimen, de partido único con satélites ocasionales, pudo ser, quizás, la única vía posible para salir del vértigo de las revoluciones, para alcanzar siete décadas de paz. El juego, lo sabemos bien, requería de liderazgos fuertes y rituales; de la sacralización de la figura presidencial y de una férrea disciplina partidaria. Todo esto se alimentaba de un gobierno generoso que repartía puestos y permitía que cada quien cosechara del erario lo que pudiera, para que la Revolución le hiciera justicia y poder tener un ranchito por aquí, una empresa por allá, unos terrenitos por acullá. La ideología, si bien se presumía era la de la Revolución, la verdad es que se adaptaba más a la persona del presidente en turno y las conveniencias de la época, que a un corpus teórico fijo. Es así que el mismo partido, el mismo régimen, fue capaz de impulsar a presidentes tan disímiles como Cárdenas y López Mateos o, viniendo un poco más para acá, como Echeverría y Salinas de Gortari.

Cuando la dictadura de partido parecía agotada, y se tuvo que abrir a la participación de nuevos actores, creímos vivir una transición ejemplara la democracia. Pese a los peores augurios, se pudo ceder el poder a otros, fuera del partido oficial, sin derramamiento de sangre. Primero se cedió el control del Congreso (1997) y después se hizo efectivo el voto popular para elegir a un Presidente de (aparente) oposición. Parecía nuestra primavera democrática. Pero salvo una época en la que la oposición fue capaz de mostrar una cara diferente, con capacidad para ceder en proyectos personales a favor de los programas, las nuevas opciones resultaron, con el tiempo, ser repeticiones del partido único; copias con disfraces ideológicos diferentes. No es que al interior de ellos no existan personas valiosas que todavía se mueven por ideales de servicio, ni que en esta corta historia democrática no hayamos conocido políticos tan dignos como Heberto Castillo o Carlos Castillo Peraza y como muchos otros igual de valiosos, quizás menos conocidos. Pero los que dominan las maquinarias internas de los partidos no son las mejores personas: privan las ambiciones personales sobre los intereses de la nación y sobre los principios ideológicos. Y como ciudadanos nos encontramos, con el poder aparente de elegir, pero entre opciones que cada vez ofrecen menos esperanzas. Vivimos, en realidad, un invierno democrático.

Las elecciones se acercan vertiginosamente como el piso a un fallido paracaidista, y la escena que nos ofrecen partidos y candidatos no tiene nada que ver con los urgentes problemas que tendrán que resolver. Una parte de la izquierda corre tras López Obrador, no por razones ideológicas, sino por abandonar un barco que se hunde. El profeta, fustiga a los ambiciosos que sólo buscan el poder, pero va tercamente por su tercera elección y su principal programa político es él mismo. En la derecha, el espectáculo es lamentable: al mismo tiempo que impulsan un "frente amplio", el presidente del partido se convierte en la principal causa de fractura, al anteponer su deseo de ser candidato, a la unidad de su propio instituto político. ¿No hay algo más ridículo que éste "mirrey", levantando los brazos de dos dirigentes de izquierda, mientras se organizan asonadas al interior de sus propias filas? Son tan democráticos que han llevado su pleito de vecindad al interior del Congreso, paralizándolo. A nivel local no cantamos malas rancheras: los aspirantes panistas a la presidencia municipal, aún los reciclados, prefieren minar el camino de su propio Alcalde, poniendo obstáculos a la continuidad de lo que se supondría un proyecto de partido, con tal de verse otra vez presidiendo al cabildo. El PRI, por su parte sigue igual de disciplinado, con un ojo en el índice presidencial y el otro en las arcas públicas: eso que llamaban el "año de Hidalgo", se convirtió en el "sexenio de Hidalgo", pero nos presumen, otra vez, un nuevo PRI.

Una de las ventajas de las democracias de verdad, es, ciertamente, la posibilidad de tener sucesiones de poder ordenadas; garantizar el derecho de ser votado y aspirar a vivir del presupuesto; todo esto sin necesidad de levantarse en armas y fusilar al predecesor. Pero eso no es la esencia de la democracia, sino la posibilidad que tiene el pueblo de gobernarse a través de la elección de las personas más capaces y decentes. Elegir y ser elegido son derechos complementarios, desde luego; pero si por alguna razón gastamos tanto en los partidos, es porque queremos tener la posibilidad de elegir. Si la razón fuera, únicamente, la garantía del derecho de unos pocos a aspirar al poder, no habría justificación para financiar, con dinero público, sus ambiciones.