En la tormenta

El hombre que amaba a los perros o las utopías petrificadas

Una historia que corre por tres pistas: la de Trotsky, el eternamente perseguido por Stalin; la de Ramón Mercader, su asesino catalán; y la de Iván, el escritor que recupera esas dos historias convergentes en el punto en el que un piolet destroza el cráneo del renegado soviético. Las primeras dos narraciones, con sólidas bases históricas, la tercera ficticia. Leonardo Padura, escritor cubano, hilvana con gran habilidad estas tres biografías, no sólo para describir el dramatismo de la persecución desatada por la intolerancia estalinista contra un personaje divergente, que había sido arrinconado hasta el barrio de Coyoacán, en el otro extremo del mundo, sino por la descripción de un drama quizás mayor, que fue la transformación de la mayor utopía concebida por el ser humano –la de una sociedad fraternal, sin dueños ni esclavos– en una de las peores pesadillas totalitarias que haya conocido la humanidad.

En "El hombre que amaba los perros", Padura da cuenta de tres grandes decepciones: la de Trotsky, que entrega su vida por una revolución que debía instaurar la dictadura del proletariado, el gobierno de los trabajadores, y que pronto devino en un régimen burocrático que empezó a engullir a los mismos trabajadores y a la generación misma de los hacedores de la Revolución de Octubre. Describe también la derrota de los republicanos españoles, enfrentados entre sí en facciones –anarquistas, nacionalistas, estalinistas, trotskistas–, mientras el futuro dictador, Franco, con el apoyo de los fascistas italianos y de los nazis alemanes, les arrebataba todo y fundaba otra de las nefastas dictaduras que adornaron buena parte del siglo XX. Y cuenta también otra historia, esta imaginaria, pero bien asentada en la otra utopía: la cubana. Es la voz de un escritor que se niega a escribir sólo lo que es políticamente correcto y termina dando la espalda a la literatura, hasta que se ve impelido a escribir las otras dos historias.

Dice Padura, en voz de Trotsky, que terminada la revuelta de los soviets, vieron como algo natural y necesario reprimir las voces de los enemigos del gobierno de los trabajadores, porque era una época en la que las conquistas de la revolución, su estabilidad, pendían de un hilo. Él mismo confiesa su participación en algunas de estas purgas, que fueron apenas los brotes inocentes de lo que crecería después. Pero –dice con otras palabras el personaje de la novela– no nos dimos cuenta en qué momento este control de la disidencia externa se volvió hacia adentro, y lo que debía ser una democracia de los trabajadores, terminó cercenando cualquier voz disidente, cualquier vía alternativa o asomo de crítica ese poder omnímodo, que pronto abarcó en su control hasta los más nimios detalles de la vida de los ciudadanos.

El gran riesgo de las utopías puede estar en su propia perfección ilusoria, que hace pensar a sus sacerdotes supremos que no es posible construirlas sino a través de la dirección única y no vacilante de un puñado de grandes líderes, o incluso bajo la mano firme de un solo iluminado. Cuando las utopías devienen en un programa único, en un modelo fijo –de rumbo inamovible y procesos indiscutibles–, se petrifican, se vuelven monolitos esperpénticos, como las estatuas de Stalin en la URSS, antes de la glásnost, o las de tantos otros dictadores, de otros desdichados pueblos, en otros aciagos tiempos.

Quizás el único remedio contra la petrificación de las utopías sea mantener abiertas siempre las puertas de la crítica. Salvar a cualquier costa la democracia –sus instituciones y sus métodos, sus valores de respeto irrestricto a los derechos humanos, a la tolerancia y la libertad de pensamiento y de expresión–, es la tarea fundamental en tiempos de crisis, en los que la consecución de las utopías se antoja más urgente.

En la novela de Padura, ya hacia el final del libro, dice el personaje que escribe la historia del encuentro fatal entre Trotsky y Mercader: "Leyendo y escribiendo sobre cómo se había pervertido la mayor utopía que alguna vez los hombres tuvieron al alcance de sus manos, zambulléndome en las catacumbas de una historia que más parecía un castigo divino que obra de hombres borrachos de poder, ansias de control y pretensiones de trascendencia histórica, había aprendido que la verdadera grandeza humana está en la práctica de la bondad sin condiciones, en la capacidad de dar a los que nada tienen [...] Dar hasta que duela, y no hacer política ni pretender preeminencias con ese acto, y mucho menos, practicar la engañosa filosofía de obligar a los demás a que acepten nuestros conceptos del bien y la verdad porque (creemos) son los únicos posibles, y porque además deben estar agradecidos por lo que les dimos, aun cuando ellos no nos lo pidieran [...] me satisfacía pensar que tal vez algún día el ser humano podía cultivar esta filosofía, que me parecía tan elemental, sin sufrir los dolores de un parto ni los traumas de la obligatoriedad: por pura y libre elección, por necesidad ética ser solidarios y democráticos" (p.538).

Recomendación obligada: El hombre que amaba los perros, Leonardo Padura, Tusquets Editores.