En la tormenta

Un error que se niega a ser borrado

Dos estampas, una en el 2007 y otra en el 2014. La primera, es un relato. Andrés Aguayo Matzucatto, autor del libro “La Tragicomedia del Foxismo” da cuenta de una experiencia el día que fue a entrevistar a Fox en San Cristóbal. El ex presidente lo llevó a conocer el Rancho en un Jeep rojo que después sería motivo de escándalo, no por el color, sino por la ilegalidad de su apropiación. El escritor narra que, pasando por la primaria de San Cristobal, Fox se detuvo y se esforzó para que “los chiquillos y las chiquillas” lo vieran y se acercaran a él. Fox les sacó plática y le preguntó a la maestra sobre las necesidades de la escuela, a lo que ella no supo responder, hasta que un niño dijo: ”hace falta Fabuloso, Maestra”. Contento el ex presidente respondió, con la autoridad y autosuficiencia del que está acostumbrado a resolver: “Mañana mando el equipo de limpieza”. Tuve el gusto de conocer a Andrés brevemente antes de que sacara el libro y me había contado la anécdota. Lo que le había sorprendido –me decía– es que si Fox no se hubiera detenido, y hubiera hecho gestos a los niños, podría haber pasado de forma inadvertida. Pero el ex presidente tenía la necesidad de sentirse asediado.

La otra estampa, una imagen que se publicó hace unas semanas: Fox, sentado frente al escritorio en la réplica de su despacho presidencial. Vestido de ranchero, con sombrero y todo, muy orondo y rodeado de su pasado glorioso, o sea de su ex gabinete. Es el único ex presidente que insiste en que se le llame presidente. Según él porque así lo hacen los gringos.

Las dos estampas nos hablan de Fox y de sus verdaderas motivaciones. Ya nos lo recordó él: no tiene ideología. Es pragmático. “Lo que sea bueno para la nación” – asegura; lo que sea bueno para él mismo – lo confirmamos todos día a día. Fox es un narcisita que no se resigna a dejar de aparecer en los diarios. Semana tras semana se las arregla – con la asesoría de la que fuera su jefa de prensa – para dar una nota en la que él y ella aparezcan en primer plano. Pueden traer al Dalai Lama o juntar a ex presidentes latinoamericanos; pueden organizar foros, vender mariguana, o sesiones de meditación trascendental. Lo importante es que al día siguiente salga la pareja en la foto. La nota, en cualquier caso, no son los invitados, sin los anfitriones.

Y cada vez que un diario le dedica una nueva página, a mí me duele. ¿Por qué me molesta tanto?

¿Me molesta su narcisismo? Un desorden de personalidad como éste es un mal para las personas que viven con el sujeto del ego hinchado. Pero probablemente, en el caso de Fox, lo que nos duele a muchos es que alimente su narciso con el dinero que le pagamos como pensión vitalicia. Sin embargo, diría Korrodi, no es el dinero sino el poder lo que le interesa a Fox. El poder que le permite ser visto y ser admirado.

¿Me molesta su patente incultura y falta de inteligencia? No soy de los que piensan que Fox es poco inteligente. Primero porque soy de la idea de que, como diría Gardner, hay diferentes tipos de inteligencia y cuesta trabajo hacer juicios concluyentes sobre la falta absoluta de la misma. Pero en segundo lugar porque es evidente que algo sabrá hacer bien para haberse colado hasta Los Pinos. Y eso, según sus propias palabras, es que es un vendedor nato. Fox es un vendedor de baratijas, un vendedor de sí mismo. Un publicista típico que nos vendió una idea y cuando abrimos el producto mucho más de la mitad de lo que prometió era mentira y otra parte no fue capaz de cumplirla. 

No es que me moleste que el Centro Fox tenga una orquesta, o que eventualmente apoye causas filantrópicas. Qué bueno. Aunque son vomitivos sus baños de democracia y sus galas benéficas con los recursos de Vamos México, esa fundación que se construyó con base en lo que mejor sabe hacer la familia política del ex presidente: el tráfico de influencias, como nos lo vuelve a recordar el caso Oceanografía/Banamex/Pemex.

Pero creo que lo que realmente me molesta de Fox es que cada vez que aparece nos recuerda nuestro error. Y hago constar aquí que no voté por él, pero asumo la responsabilidad del resultado como si lo hubiera hecho. La democracia es muy ingrata, porque reconocer al que gana nos hace a todos como cómplices.  Frente al tirano al menos te queda la excusa de la imposición, de la impotencia; frente al dos mil, y lo que le siguió, sabemos que tuvimos la oportunidad de cambiar las cosas y fracasamos. Muchos creyeron que se lograría un cambio si votaban por él y caímos redondos en las manos de un publicista que ahora afirma que no “tiene ideología”, quizás porque no atina a construir con coherencia un par de ideas consistentes. Un vendedor de Coca Cola que puesto en la silla presidencial se olvidó de todo y empezó a remodelar desde el principio su rancho y su altar personal. Porque no sólo no “sacó al PRI de los Pinos”, sino que reforzó los cimientos de un sistema político caduco en el que seguimos atascados. Un merolico que se comportó en el poder como las víboras prietas y tepocatas a las que sacudió para llegar al trono, pero a las que se dispone a aplaudir cuando sea necesario, con tal de que lo dejen vivir en su hacienda gozando de los réditos de sus seis años de gloria. 

Fox, nos engañó, porque como Santa Anna, gustaba más del poder y la fama que del ejercicio de gobierno. Fox es un error que se niega a ser borrado por su necesidad de aparecer, desde su retiro en Manga de Clavo. Por eso me duele cada página que, comparsa de su narcisimo, le dedica un espacio (incluyendo este artículo, qué le vamos a hacer). Nuestro último recurso es usarlo ahora como material didáctico: señalar sus fotos y contar a los niños – “mira mijo ¡cuánto nos podemos equivocar en la democracia!