En la tormenta

La corrupción explicada a los políticos

Aunque el tema de la corrupción ha estado presente en los medios y en las redes sociales, cuando uno revisa la prensa de las últimas semanas, las notas sobre los partidos políticos y sus dirigentes revela otra agenda. Tocan el tema cuando no les queda de otra, pero están más ocupados en repartirse los primeros lugares de las plurinominales o las candidaturas a diversos puestos de elección popular.

Esto puede tener explicaciones diversas. La primera, y más simple es, desde luego, que ahorita están ocupados en lo que realmente les interesa: el hueso. Otra explicación posible es que el tema de la corrupción les suena aburrido y discutirlo, anticuado. La otra es que de verdad quieren darle carpetazo al asunto y esperan que entrando en las elecciones –o en las finales de la “champions”– se nos olvide; al menos durante los próximos tres años en los que si se ven obligados a hacerse el harakiri, lo puedan hacer en la panza de los que los suplan, no en la suya.

Desde la famosa declaración del Presidente Peña que pretendía bajarle la espuma al asunto diciendo que la corrupción era un asunto cultural (hay que entender su perspectiva: él seguramente la mamó desde su cuna en Atlacomulco) he escuchado muchas opiniones similares. Algunos dicen que es un asunto que hay que atacar, pero que nos vayamos haciendo a la idea de que falta mucho, que no es la primera vez que se habla de renovaciones morales. Incluso –nos advierten los chuchos– hay que prepararse, porque en todos lados pueden surgir otros Abarca. También nos han dicho que el tema tiene perversas intenciones políticas, que los pobres Murat y Aguirre Rivero y familia no son más que blancas palomitas que oscuros adversarios han usado para bombardear a los partidos políticos que les dieron cobijo o al mismísimo señor Presidente. Gente como Miguel Alemán, López Portillo, Durazo, Del Mazo, Hank González, han estado ahí desde siempre ¿porqué ahora tanto revuelo? – nos preguntan.

En resumidas cuentas, el asuntito ese de la corrupción, puede esperar, van a ver que con los frutos del Pacto se quita el dolorcito, cuando la gasolina salga más barata y el milagro de las reformas nos haga decir, felices como antaño: “no importa que roben, pero que dejen algo”. Me parece que nuestros tan mal evaluados políticos, no han entendido –o no quieren entender– el tamaño del problema. Voy a dedicar lo que me queda de espacio para explicárselos con peras y manzanas.

Pensemos primero algunas palabras asociadas a corrupción: descomposición, putrefacción, podredumbre, peste, fermentación... Nótese que la fuerza de la palabra no está en el objeto corrupto, sino en su capacidad de descomponer, pudrir, empobrecer, apestar, fermentar, y podríamos añadir, desgastar, envilecer, carcomer, degenerar lo que lo circunda.

El político corrupto no es el ladronzuelo que se queda con el cambio. Es el que abusa del poder que le dio el pueblo para torcer la ley en su beneficio y en el de sus familiares y compadres. La resultante suele ser el beneficio económico, pero la secuela más grave es la creación de todo un sistema basado en la trampa, el cochupo, la transa, el abuso, el chayote, el embute, la charola, la mordida, el moche, la traición y otras linduras que hacen que el concepto “estado de derecho” no sea más que una quimera, por más que engolen la voz cuando lo pronuncian.

Hay que decir también que la corrupción no tiene que ver nada más con violar las leyes escritas:

Se corrompe un legislador cuando legisla para proteger sus abusos; cuando hace leyes, por ejemplo, para auto asignarse recursos desproporcionados, para él o su partido; cuando legisla a sabiendas que las leyes que aprueba dejan los resquicios suficientes como para que un funcionario público pueda recibir como regalo –un ejemplo al azar– una casa de 80 millones de pesos, y afirmar con confianza que no viola ninguna ley, aunque el generoso donante haya sido uno de los principales proveedores de su gobierno.

Como deberán entender, estimados políticos, la corrupción no es un asunto nada más de envidia: de la envidia que nos pudiera dar porque nuestro Infonavit no nos presta tanto como para comprar unos departamentitos en Nueva York, o el “turisste” (¿todavía existe?) no da para pasear a nuestra hijita en yates de lujo. El problema es que además de ofender a la mayoría de los mexicanos con esos desplantes de lujo con dinero a todas luces mal habido, son una lacra que, al revés del Rey Midas, convierte en estiércol todo lo contiguo.

La corrupción no solo enriquece a unos cuantos vivales: mantiene en la miseria a millones porque degenera los programas sociales, disipa los recursos, entorpece la competencia. No solo deja impunes a uno que otro compinche de la clase política: pervierte la impartición de justicia, fomenta la violencia y la delincuencia. No solo daña la imagen y el “buen” nombre de los ocasionales deshonestos exhibidos en las redes sociales: mina la confianza en las instituciones, promueve el abstencionismo y obstaculiza la democracia misma, más que la CETEG en Guerrero.

Es por eso que tenemos urgencia y no queremos esperar. No ignoramos que el problema de la corrupción es antiguo: está enquistado, y la alternancia no hizo nada por extraerlo. Pero es legítima nuestra urgencia, porque la descomposición social ha llegado al límite, aunque muchos políticos parecieran no darse cuenta. La corrupción no es parte de una cultura, sino de un sistema. De un sistema intencionalmente construido para funcionar así y que puede ser cambiado, especialmente a través de las leyes, sí, esas que están en manos de los que manejan ese sistema. Creo –y quiero seguir creyendo – que hay también políticos, hombres y mujeres, que son honestos y quieren cambiar. Pero no entendemos por qué no se han levantado al interior de sus partidos y dejando en un segundo lugar sus ansias de curul asumen una cruzada que hasta ahora les han arrebatado las organizaciones de la sociedad civil y los medios. 

david.herrerias@propuestacivica.org.mx